Antes del diluvio: Pactar con ellos

Por Mario Galeana / @MarioGaleana_

En el verano de 2012 me reencontré con mi padre. Lo visité en Acapulco, donde aún vive, y pasé junto a él cuatro semanas. Yo tenía 18 años y estaba feliz: desde la azotea de su casa podía observar la ciudad, los cerros en todas direcciones y la franja azul resplandeciente e inacabable del mar. Me sorprendió que mi padre estuviera siempre alerta. De noche casi nunca salimos porque eran tiempos violentos. Tiempos en los que cada mañana aparecían cadáveres en las esquinas de todas las colonias. Cinco cabezas colgadas en un puente. Cuatro taxistas desollados frente a un monumento. Los pedazos de trece muchachos apilados junto a una escuela, convertidos en nada más que una fotografía que la prensa usaba para vender sus panfletos. Felipe Calderón había desatado la guerra contra el narcotráfico, y la gente iba acostumbrándose a las postales de esa guerra. No sólo en Acapulco, sino en todo el país.

Ojalá pudiera decir que los tiempos son distintos. Pero no: incluso han empeorado. El 2017 fue, según datos del Inegi, el año más violento en cuanto a homicidios dolosos. Las Fiscalías de todo el país registraron 25 mil 339 carpetas de investigación por ejecuciones. Hay que decirlo más simple: cada hora se investigaban tres nuevos homicidios en algún lugar de México. La violencia de hoy es peor que la que pude atestiguar en Acapulco, pese a que el gobierno de Calderón ha terminado y el sexenio de Enrique Peña Nieto está a punto de finalizar. Para la organización Semáforo Delictivo, tres de cada cuatro homicidios en esta ola nacional de aniquilamiento están relacionados al crimen organizado.

De tanto repetirlas, estas dos palabras han perdido fuerza. Ya no sorprende que una bola de tipos se reúna en algún lugar del Pacífico para extorsionar. Ya no sorprende que esa bola teja relaciones con otra, en algún lugar del Bajío, dedicada a vaciar las tuberías de Pemex. Ya no sorprende que este par, a su vez, esté relacionado con otro más grande y más poderoso en la frontera con Estados Unidos. Quizá esta pérdida de asombro esté relacionada a que creemos –todavía creemos- que todo eso está muy lejos. Que en todo eso participan seres innombrables, tipos que jamás conoceremos, tipos a los que ni siquiera podemos imaginar. Son los otros: los que están hechos para asesinar, destazar, desollar. Los que están hechos para morir. Para ser intercambiados muy simple, en un juego que no terminará nunca.

Escribo esto a raíz de que recientemente un hombre llamado Salvador Rangel Mendoza, obispo de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, reveló que se reunió con un líder del narco en esa región para pactar que la célula criminal que dirige no asesinará a ningún candidato en Guerrero durante el proceso electoral. Eso le valió que varios ya lo hayan tildado de “criminal”, y que el INE le haya pedido a la Iglesia que se mantenga “al margen de las elecciones” –no dijo guerra, no dijo barbarie-. El único político que respaldó la tregua fue Andrés Manuel López Obrador, quizá porque él mismo planteó que, de llegar al poder, estudiaría la posibilidad de ofrecer amnistía a ciertos líderes criminales; pero la propuesta se quedó allí, sin explicar a bien sus alcances, porque el resto del círculo nacional de la política reprobó y torció la propuesta, y López Obrador calló, temeroso de que eso significase perder el primer lugar en las encuestas.

Me desconcierta que el pacto entre Salvador Rangel y el crimen extrañe a tantos. Como si los gobiernos locales no pactaran desde hace mucho con los líderes del narcotráfico. Como si los políticos no se reunieran con los capos del narco para construir negocios, impunidad. Todos esos acuerdos ya existen, pero no han servido para evitar que más de 25 mil sean asesinados en sólo 365 días

Es tan obvio: el modelo de seguridad emprendido en los últimos siete años no funciona. No funciona. Estoy convencido de que deben existir otras alternativas. Un acuerdo de paz me parece lo suficientemente distinto para ser, al menos, estudiado. Su éxito, sin embargo, me parece invariablemente ligado a la regulación de las drogas –de algunas drogas-. Algo que difícilmente sucederá en el país en los próximos años. Lástima.

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