Antes del diluvio: Testigo

 Antes del diluvio: Testigo

Por Mario Galeana / @MarioGaleana_

Yo estuve ahí. Yo vi ese horror. Yo miré a 200 hombres hurgando entre los escombros de una iglesia sin bóveda, con nada más que un cielo oscuro sin estrellas cayendo a través de los muros, mientras arrastraban montones de piedra en carretillas para despejar el suelo, para encontrar los cuerpos de unos chiquillos perdidos entre varillas y tierra. Ocho cadáveres cubiertos con sábanas blancas yacían a la entrada de aquel templo, y la noche era larga y nadie sabía cuántos cuerpos más saldrían de aquellas ruinas.

Yo estuve ahí. Yo vi ese horror. Yo miré a Tomás a los ojos mientras me decía que, antes de la inundación, antes de que el fango matara a su esposa y a sus hijos y a sus nietos, en aquel rincón había una mesa donde se sentaban a comer cada tarde. Y allí, donde no había nada más que lodo, Leslie, su nieta, solía tocar la guitarra. Y allí, sobre el colchón enmohecido a causa de la lluvia, su hijo Ezequiel dormía antes de que el agua entrara a raudales por las ventanas y las puertas.

Yo estuve ahí. Yo vi esa maravilla. Yo miré a un hombre-mago realizar un ritual antiquísimo a cuatro mil metros de altura, justo en el ombligo de un volcán. Yo hablé con ese hombre-mago, y ese hombre-mago habló conmigo. Me dijo que los volcanes tienen rostro y un tono de voz cavernoso que suena como si sus palabras vinieran de muy lejos, de mucho tiempo atrás. Me contó que a él un rayo lo partió cuando tenía 20 años, y que desde entonces supo que sería eso: el hombre-mago. El tiempero.

Yo estuve ahí. Yo vi esa maravilla. Yo miré a cientos de indígenas proteger un río de una empresa minera. Los vi pasar de ser campesinos a activistas que memorizaban y repetían los convenios de la OIT sobre la consulta a los pueblos indígenas. Comí con ellos. Dormí en una cama igual a la de ellos. Bebí lo que ellos bebieron. Nos llenamos de fango las rodillas, caminamos a través de un sendero cuya iridiscencia parecía conducir al fin del mundo. Y, al final, me llevaron a ese río: un espejo esmeralda que nacía en lo alto de una montaña.

Yo vi ese horror, esa maravilla. Ocurrió ayer, hace tres años, hace seis semanas.

Fui testigo.

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