No debes tener miedo

Por Mario Galeana / @MarioGaleana_

El velador oyó un porrazo al portón metálico y después una clase de quejido suave, un murmullo que iba acallándose a medida que él se acercaba. Intentó ver qué cosa era por los resquicios del portón, pero no logró ver gran cosa. Abrió despacio, con miedo, y lo que halló frente a sus pies fue el cuerpo tendido de una mujer ensangrentada. Miró hacia todas partes pero no había nadie, nada: sólo la muerte. Marcó el teléfono de emergencias y el sonido lánguido de las sirenas fue recorriendo la ciudad vacía, profusamente iluminada por las lámparas amarillas, hasta que llegó a la mujer y al velador.

Fueron, según los paramédicos, quince puñaladas. No había nada que hacer por ella. Tenía alrededor de 35 años. El rastro de sangre por la calle sugería que había intentado escapar de su asesino (o sus asesinos). Tuvo, incluso así, la fuerza para llamar al portón de aquella escuela.

Supe todo esto por Flor, mi hermana. Porque esa misma mañana, la del jueves 20 de septiembre, Flor llegó a la escuela en la que estudia la preparatoria, en Tehuacán, y lo que halló fue una calle acordonada, con montones de policías. Los padres miraban con estupefacción y asombro, y cuchicheaban entre unos y otros.

—No pudimos pasar por la puerta porque había mucha sangre. Mucha, mucha sangre. Los policías estaban recogiendo unas cosas. Nos dijeron que intentó tocar en la escuela para que le abrieran, pero que cuando el velador llegó ya había muerto. Por toda la calle había sangre. Todavía hay me dijo la mañana de este domingo 23, mientras hablábamos por teléfono.

Porque no vivimos en la misma ciudad, porque con suerte nos vemos apenas unos cuatro días al mes, porque soy su hermano, porque tiene 16 años y porque las cosas pasan sobre todo porque las cosas pasan—, cada vez que tengo a Flor a mi lado le digo una sola cosa: que debe tener cuidado.

Que cuando camine por las calles debe mirar hacia atrás constantemente. Que debe tener el celular prendido. Que no debe subirse a un autobús vacío. Que debe tener cuidado. Que debe tener cuidado. Que debe tener cuidado.

Y cuando me escucho, cuando oigo toda la retahíla de deberes que le sugiero, trato de corregir y le digo, también, que no debe tener miedo. Que no se trata de estar paralizado por lo que puedan hacer los otros, sino que, más bien, todo consiste en tener el coraje o el valor para actuar cuando se tenga que hacerlo.

Pero, ahora, ¿qué cosa puedo decirle a quien cada mañana, antes de entrar a clases, pisa el rastro seco de la sangre de una mujer asesinada?

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