La soledad de las ciudades

Por Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11

I

Yo vi una ciudad muy sola que lloraba.

Antropomorfizamos todo, hasta lo que todavía no existe. A lo malo, usualmente, lo dotamos de colmillos enormes y garras bestiales, le ponemos como hogar el subsuelo y la penumbra; a lo bueno, casi siempre, le dotamos de luz, suavidad y gestos blandos, de ojos azules y rizos dorados. Apologías del lugar común, en ambos casos.

Con las ciudades lo hacemos. Las dotamos de arterias, corazón y sistema nervioso, de manos y cabeza, de pelvis y tobillos. Las odiamos, como a los hombres, al punto del escupitajo, las amamos al grado de la cursilería, les tememos, al grado del pavor.

Juramos que lo devoran todo, lo regurgitan y luego escupen. Decimos que duermen, despiertan y enferman. Le juramos la lealtad ingenua del amante novato, las borramos de la mente cuando se nos da la gana. Nos lastiman, nos consumen. Nos despedazan.

Las ciudades, todas ellas, son seres bastante solitarios, inexpugnables, que agonizan en domingo y reviven el lunes a eso de las seis. Pasan frío, sudan, se callan en luto, se desangran. La soledad del campo está supuesta. La de la ciudad es apenas creíble. Uno supone, al estar en ella, que estará siempre siempre al acecho de ruidos y peligros, de camiones y sirenas, y bueno, sí, aunque el bullicio parezca eterno, la soledad siempre se impone.

II

Mi abuela decía que no nos riéramos mucho, porque pasaban tragedias. Por eso ella casi nunca se reía, solo para sus adentros. En los días en que nos la pasábamos riendo mis primos y yo, ella no se molestaba pero nos advertía que estuviéramos atentos porque de seguro algo pasaría.

En las navidades, mi tío Carlos siempre venía. Llegaba de Tijuana y yo no había conocido una persona más chistosa que él. Siempre nos hacía juegos y nos llevaba a dar vueltas en el Cutlas de mi mamá. El tío Carlos nos albureaba y no nos dábamos cuenta, era de esas personas de las que no te reías por lo que decía sino por cómo lo decía.

El día que se murió mi abuela nos estuvimos riendo toda la mañana. Beto había llevado uno de esos trompos gringos que giran cuando les sacas un hilo de plástico y nos carcajeábamos porque Marcelina, la muchacha de mi tía, se asustaba cada vez que lo girábamos cerca de sus pies. Saltaba como grillo y decía algo en náhuatl que a nosotros nos parecía chistosísimo.

Luego, en la tarde, mi mamá nos dijo que nos arregláramos porque el tío Carlos ya iba a llegar. Me pareció extraño, porque estábamos en septiembre.

Cuando llegó, él fue el que nos dijo que la abuela se había muerto.  Nos reímos por cómo lo dijo pero lloramos luego, porque era posible reírse, incluso sabiendo que la peor de las tragedias era inminente

Al tío Carlos le robaron las llantas de su coche afuera de la funeraria pero todos nos partíamos de risa porque el hombre, en lugar de mentar madres como mi papá lo hubiera hecho, se había puesto a hablar a la policía y al seguro y les hablaba de una forma que, al menos a mí, me hacía olvidar la principal razón por la que estábamos ahí esa noche.  

III

Un hombre de setenta y cinco años  fue encontrado muerto anoche junto al Parque México. Había forcejeado con sus asaltantes y tras intentar correr, unos cincuenta metros adelante fue alcanzado y ahí le dieron muerte. Dos balazos en el estómago y un tiro de gracia. Quedó tendido frente a una estética, con el pómulo izquierdo sobre la acera, los ojos abiertos y las palmas hacia arriba. No se le encontró identificación ni pertenencias.

Justo cuando cerré la carpeta llegaron a reconocerlo. Me había hecho un Nescafé, y como nos íbamos a tardar bastante, le di un trago grande que me quemó la garganta.  

Es lo de cada madrugada. Vienen familiares de todo tipo a reconocer cadáveres y el café se enfría. Hay padres que lloran, otros que sollozan, pero también hay madres que se quedan en silencio, un silencio doloroso, y luego nomás asienten con la cabeza.

Pero el familiar de hoy fue diferente.

Llegó en pants y se paró frente a la plancha. Como lo vi muy tranquilo, después de preguntarle el parentesco y asentarlo en acta, le comenté la situación estaba muy fea y que era una lástima que no se hubieran apiadado de un anciano solo por robarle su cartera.

Él esbozó una sonrisa. Solo antes de salir de la sala volteó a decirme: el problema es que las ciudades dejaron de reír desde hace mucho.

Cuando salí del turno a eso de las siete, vi la danza de siempre. El tamalero, los bloques de hielo en cada esquina, la luz del sol casi directa. Esa danza que indica amanecer pero que para mi significa el final del día, el vapor saliendo de las alcantarillas indicando que la ciudad respira.

Yo solo pensaba en lo que me había dicho el familiar del anciano. Las ciudades ya no ríen, hace mucho tiempo que no lo hacen.

Fotografía de portada María Vargas

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