Manatí

¿A qué huelen las ciudades?

La ciudad y todos sus monstruos II

PABLO ÍÑIGO ARGUÜELLES | @Piaa11

En un capítulo de su libro La Ciudad Oculta, el periodista Héctor de Mauleón escribe que ciertas calles de la Ciudad de México huelen todavía a lo que la ciudad olía hace dos o tres siglos. Lo que me generó un pendiente, —como quien se da cuenta que cierto aparato de la casa ha estado gastando más luz que todos los aparatos de la casa juntos y no lo sabía— porque yo nunca había reparado en lo efímero de los olores. 

Es cierto, los olores de una ciudad son tan característicos como el de las personas que conocemos y con las que tratamos a diario, pero también es cierto que no hay nada que perdure menos que el olor original* de las cosas. No hay nada más efímero, más volátil. 

*Esa oración termina por ser una contrariedad.

Hacer un recuento sobre los olores que más recuerdo, ha resultado ser un ejercicio de lo más fascinante, aunque también de lo más hiriente, porque inevitablemente se piensa en personas, no en ciudades, personas que ya no están aquí y cuyo recuerdo viene acompañado, en una suerte de Technicolor, acompañado de ciertos olores, en ciertos momentos, a ciertas horas. 

Por ejemplo, pienso irremediablemente en mi abuela y me acuerdo de  una colonia de naranja, cáscaras de pan tostadas con mantequilla y un escapulario, conjunto de imágenes que inevitablemente me remiten a un sábado cualquiera por la mañana en el centro de Puebla

Por lo tanto, Puebla, para mí, en la mayoría de los casos, huele a lluvia, colonia y pan tostado. Porque las ciudades nos huelen directamente a lo que nosotros percibimos en un lugar y a cierta hora. Como si le preguntamos a alguien que vive en el Barrio de Santiago, cuáles son los sonidos que escucha por las mañanas, y luego hiciéramos la misma pregunta a alguien que vive en  Lomas de Angelópolis

Las respuestas estarían a años luz de distancia entre sí. 

Pero ya si nos apartamos un momento del siempre inevitable plano personal, para hablar sobre la esencia natural de las ciudades, tengo entendido que la generalidad coincide en que un lugar de Puebla ha olido igual, al menos durante los últimos 120 años. Me refiero a la intersección de la Avenida de la Paz (Av. Juárez) y la 17 sur. Sí, huele a rayos, a azufre, a diablos. Y sí, yo pensaba que literalmente olía a diablos, porque desde niño, mis referencias adultas más próximas me dijeron siempre que el infierno olía a azufre. 

Yo, la verdad, es que nunca he ido, así que no podría confirmarlo. 

Supongo que es completamente normal que, fuera de nuestra experiencia, el primer olor que recordemos de una ciudad no sea precisamente uno de lavanda y rosas. Las ciudades huelen mal, terriblemente mal, y eso es normal, señora, no tuitée al respecto. 

¿O a qué se esperaba que olieran 3 millones de personas encerradas en un mismo lugar?

El hecho de que recordemos a una ciudad por sus tufos, nos hace ser ser irónicamente partícipes de aquellos slogans aburridísimos con los que intentan vender las ciudades al turismo masivo que, en una misma frase, incluyen, de una u otra forma, las palabras ciudad, vive y tus sentidos. 

Pero es fascinante. Por ejemplo, mi yo infantil, de la Ciudad de México, recuerda un olor a mierda inevitable. Pero lo anterior, más que ser un recuerdo que lógicamente sería desagradable, resulta haberse convertido en uno de mis recuerdos más preciados, de viajes familiares en carretera que empezaban o terminaban siempre entrando a la Ciudad, a una Ciudad que no escondía lo que era, que no escondía nada, una más humana, más sincera, que a la entrada olía simplemente a eso, a mierda, llenando cada espacio del coche familiar. 

Lo mismo con Las Ánimas, en Puebla, sólo que ahí el asunto cambia, porque su olor a caca, desde siempre, ha significado una disonancia entre lo aprendido en los libros y la realidad, también, ha significado un desinterés voraz. Los ríos, se suponía, debían ser azules, o transparentes según fuera el caso. Pero el Río Atoyac, de donde viene ese inconfundible olor con el que los habitantes de Las Ánimas han vivido por más de cuarenta años, era un misterio, porque cada vez que regresaba del colegio a casa, el río tenía un color diferente (rojo, violeta, verde radioactivo,etc.); también, todos los días, olía a una gama de caca diferente. 

De Puebla, me gusta el olor de las noches. Párese, querido lector, una madrugada en el Parral (en sentido figurado, no se exponga) sobre la 9 poniente. A su nariz llegará un inconfundible y suculento olor a carbón. Si lo sigue, como quien sigue su corazón, encontrará una taquería en donde un experimentado señor taquero estará haciendo los mejores árabes del centro. 

Los mejores, de veras.

¿A qué huele Puebla? A iglesia, dirán unos, a incienso, dirán los mismos. A pápalo, a smog, a azufre, a taco, a domingo, a los de La Oriental haciendo su salsa, asando chipotles.

Hoy mismo, a mí me parece, Puebla huele a algo muy extraño.

***

Una lista de olores que recuerdo:

Nueva York: vapor de metro

Ciudad de México: smog.

Puebla: taco árabe, lluvia, vapor de tamal.

Madrid: cerveza tirada, humo de cigarro

Chicago: vapor de lluvia.

Las Vegas: marihuana, desinfectante, cigarro impregnado en alfombra.

Londres: colonia para bebé, humo de barco.

Veracruz: mar, salitre, pescado muerto. 

La Habana: exactamente lo mismo que en Veracruz

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Pablo Íñigo Argüelles

Escritor y fotógrafo. Le gusta caminar aquí y allá. Fundó Proyecto Análogo y La Máquina Roja Ediciones. Cree en el poder de los tacos árabes y es profesor universitario. 

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