Manatí

Selene — La ciudad y todos sus monstruos V

La ciudad, a 50 años del alunizaje. 

PABLO ÍÑIGO ARGÜELLES | @Piaa11

En la esquina de la 2 norte y la 6 oriente, en el local que hoy ocupan una tienda de cosméticos chinos, unos baños públicos y una clínica de podología, estuvieron algún día los «Almacenes Calderón». 

Fue ahí mismo, a través de los vidrios de sus escaparates en los que se exhibían electrodomésticos y los más adelantados aparatos electrónicos de la época, en donde Miguel Reyes recuerda haber visto parte de las transmisiones que Telesistema Mexicano hizo aquel histórico 20 de julio de 1969. 

“Fue la primera vez que mi papá vio la televisión, y de hecho lo oí quejarse varias veces porque no se veía nada”, cuenta el comerciante, dueño de una papelería que le ha pertenecido a su familia desde hace tres generaciones y que se ubica en las inmediaciones de la iglesia de Santa Clara, en la parte baja de una casa colonial en donde además vive desde hace sesenta y cuatro años. 

“Era domingo”, recuerda, “parece que estoy escuchando la voz gangosa de Jacobo Zabludovsky”, quien junto a Miguel Alemán Velasco y Ken Smith — el legendario locutor y pionero del doblaje en México— narraba desde Cabo Cañaveral, segundo a segundo, la forma en la que Neil Armstrong descendía por la escalerilla, bajando como canguro, deslizándose con las dos manos.

Nos sentimos sumamente emocionados, está pisando la superficie lunar”, remataba Zabludovsky en el clímax de aquella transmisión histórica seguida por millones de personas, detenga usted su reloj si lo desea conservar como recuerdo; este ha sido el instante, la fracción de segundo, el relámpago que divide dos épocas, como en medio de un abismo. 

El relámpago que divide dos épocas, como en medio de un abismo. 

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A tan solo unos metros de donde Miguel recuerda haber visto las borrosas imágenes en blanco y negro la noche de aquel domingo de julio, en la esquina de la 8 oriente y la 2 norte, hay una papelería que aguarda su mejor temporada de ventas del año: el surtido de listas escolares. 

Ahí, entre otros artículos, se venden a dos pesos las míticas láminas.

Una señora mayor pide una de “la ecología”, y la dependienta, Rosy, la busca en un mueble de madera hecho a la medida en donde se encuentran clasificadas  por tema, “tenemos desde el descubrimiento de América hasta el movimiento del 68. Tenemos de todo”. 

Yo le pido una del alunizaje, de cuando el hombre llegó a la Luna. Sabe perfectamente a qué parte del mueble recurrir, y en tan solo unos segundos, la saca con cuidado y la pone frente al mostrador. “Serían dos pesos, joven”.

Rosy recuerda cómo su hermana más grande la llevó junto con sus demás hermanos a una panadería de la colonia Bella Vista en donde al fondo cobraban por ver la televisión. “Sobre todo la gente iba a ver el futbol cuando había partidos, pero ese día mi hermana nos llevó a ver lo de la luna, creo que como por 20 centavos, porque en mi casa no hubo tele sino hasta que vino el Papa la primera vez, en el 79”.

La pregunta que le hago a continuación es inevitable, tan inevitable como lo ha sido en los últimos 50 años. 

—¿Oiga, y usted cree que de verdad si hayan llegado a la luna?

— Pues yo creo que sí, está en las láminas, ahí está en la que se acaba de llevar. Yo digo que un personaje histórico no es nadie hasta que no está en una de estás láminas. Puede estar en internet y todo, pero eso se va acabar. Está en la lámina, y yo digo que si está ahí, es porque sí fue verdad. 

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Yo estaba embarazada de mi segundo hijo, cuenta Esther Bañuelos, quien se dedica a la prensa desde que era una niña y su padre voceaba periódicos en la 5 de mayo y la 10 poniente, en el jardín de San Luis. 

Sentada detrás de su puesto, en la colonia Chula Vista, recuerda haber seguido atentamente las noticias durante esa semana. “Como yo estaba ya en los últimos meses del embarazo ya no salía, y entonces ayudaba a mi esposo que también tenía puestos de periódicos en el centro”.

En el momento en que hablamos del tema, al calor de los escapes del transporte público, un cliente de toda la vida, un abogado que tiene su despacho muy cerca de ahí, llega a comprar El Popular. Cuando ve el número especial que National Geographic imprimió a propósito de los 50 años del alunizaje, decide también llevarlo.

“Yo hacía las cuentas, las devoluciones, lo que se ofreciera, pero lo que sí me di cuenta es que esa semana casi no devolvimos periódicos porque la gente siguió atentamente las noticias, y pues a mí no me quedaba de otra que seguirlas también”, platica la señora Esther mientras le despacha un cigarro suelto a un albañil.

El Sol de Puebla, recuerda Esther Bañuelos, fue narrando, como casi todas las publicaciones nacionales, el transcurso del viaje, desde el despegue del 16 de julio, hasta la triunfal llegada. Aunque lo que más le marcó, fue el titular de El Sol, el del 21 de julio, mismo que recita con un ademán que me indica que imaginariamente lo está leyendo en una parte más alta, como si estuviera en el estante de su puesto junto a otras revistas:

“EL HOMBRE CONQUISTO LA LUNA”. 

Así exactamente se imprimió, cuando todavía no se acentuaban las mayúsculas. 

Acompañando ese histórico titular del 21 de julio, una ilustración de los tres “héroes”, de los tres “hombres del espacio”, Armstrong, Aldrin y Collins, se impuso en la plana junto a la siguiente leyenda, también en mayúsculas:

GRACIAS A DIOS, ¡LO LOGRARON!

Fotografía: Rafael Pellegrín

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Rafael Pellegrín, estudiante de la carrera de Comunicación, nacido en 1996, descubre en la hemeroteca de El Sol, al interior de la casa del que mató al animal, las ediciones de aquella semana de julio de 1969. Se impresiona ante el colorido del periódico. «Las ediciones de esa semana están repletas de gráficos, imágenes e ilustraciones a color, había muchísima información desde las semanas anteriores”. 

Quizá lo que más impresiona a un alumno joven nacido en la llamada era de la información, es la forma en la que las noticias fluían, quizá de una manera más lenta, aunque de alguna forma, también mucho más concisa, con un lenguaje mucho más serio y palabras que hoy se considerarían rebuscadas.

También destaca el factor contexto. “El hecho más contrastante de aquellos días en las hojas de El Sol, fue la guerra que se sostenía entonces en Centroamérica, entre Honduras y El Salvador”.

Y es que, tan solo hojear El Sol, uno identifica una movida ideológica obvia, más que tecnológica. 

El mismísimo triunfo de la narrativa occidental. 

Junto con todos los puntos de vista que la prensa presentaba, incluidos los tintes de novela de espionaje que leían que la U.R.S.S. podría haber estado planeando el sabotaje del Apolo 11, las notas de la guerra en Honduras casi escondidas, y las columnas de Don Enrique Montero Ponce, sobresalían los anuncios de marcas como Volkswagen y Omega que demostraban que ese acontecimiento, más que el relámpago del que hablaba Zabludovsky, era una conquista de la ideología capitalista, la victoria de una batalla más de la Guerra Fría. 

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Al interior de una casa colonial de tres pisos, en un salón azul en el que hay varias fotos familiares y un espejo antiguo que refleja el balcón desde el que se escucha el tráfico nocturno del centro de Puebla, Miguel Reyes me extiende un reloj. 

—Este reloj Omega me lo dio mi padre. Es el mismo modelo que llevaba Louis Armstrong cuando llegaron a la luna. 

Se da cuenta de su error y corrige inmediatamente.

—Neil, no Louis, perdón. Aunque hubiera estado bien que Louis fuera el que llegó a la luna. ¿Te imaginas, tocando la trompeta allá arriba?

El reloj que tengo entre mis manos es mucho más pesado que el Casio que tengo ahora. Se lo digo y reímos mientras afuera se escucha una sirena de policía, o quizá de ambulancia. 

—Me lo dio mi papá cuando salí del Pereyra, de preparatoria. Estaba de moda, y como lo de la luna fue un año antes, todo mundo se volvía loco. 

—¿Y lo usa?—le pregunto. 

—¡Nombre!, hoy sales con eso y te matan en la esquina. Si avanzamos en un montón de cosas—me dice— llegamos a Marte si tú quieres, pero retrocedimos en las cosas más importantes. 

Después va a un mueble cercano y saca algunos papeles, entre los que puedo notar cartas, recibos antiguos de bancos que ya no existen. De entre ellos se desliza una hoja de periódico, en la que distingo a Gustavo Díaz Ordaz y en otra a Nixon. 

Cuando extiendo la hoja, casi hasta abajo, hay una nota que da testimonio de que los rusos, más que sabotear, estuvieron siguiendo muy de cerca la operación. 

El Luna 15 es un espía. En cambio de órbita a 16 km de Selene”.

En la otra página, otra que lee: “Armstrong pisó Selene a las 9:17”. 

Miro al rededor, el salón, el reloj, los periódicos, la forma de referirse a la Luna como Selene.

Todo aquí grita glorias pasadas. 

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Pablo Argüelles

Escritor y fotógrafo. Le gusta caminar aquí y allá. Fundó Proyecto Análogo y La Máquina Roja Ediciones. Cree en el poder de los tacos árabes y es profesor universitario. 

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