Manatí

Cuando la ciudad se come a un perro

La ciudad y todos sus monstruos VI

PABLO ÍÑIGO ARGÜELLES | @Piaa11

De niño le temía al Parque Juárez. O bueno, quizá sea exagerado decir que le temía. Más bien, debería desmenuzar tal miedo, porque la mayoría de las veces decimos miedo cuando no entendemos nada.

En mi cabeza infantil el Parque Juárez era un lugar completamente normal, un universo repleto de ballenas e hipopótamos de cemento, hojas secas y un montón de raíces. Era también una frontera, entre mi casa y la calle grande, el bulevar, una linea imaginaria entre la calma y el estruendo.

De noche, desde mi ventana, el Parque se convertía en un lugar de tinieblas. Un bosque desolado por el que caminaban personas que iban a alguna parte y que yo veía desde mi ventana pensando que se trataba de fantasmas en pena.

Ese miedo, además de la propia imaginación, se alimentaba de historias. 

No sé de donde vino, o cómo es que haya salido, pero mis padres me contaban que por las noches, en el Parque Juárez, soltaban serpientes. A veces eran serpientes, otras era un león.

Sí, un león. 

Los padres recurren a licencias literarias para mitigar los impulsos infantiles. 

No es su culpa, mentir para proteger. Una vieja confiable.

A todo el imaginario que desde niño me rondaba, hay que agregar que la enorme estatua de Benito Juárez, que desde siempre ha sido gris y horrenda, mantiene hasta hoy en su base una puerta pequeña de metal tras la cual, yo aseguraba que vivían las bestias que soltaban por las noches.  

Pero los miedos jamás se materializaron. Nunca vi al león, ni por accidente escuché un rugido. Tampoco vi serpientes y nunca vi caminar a la estatua presidencial como yo creía que lo hacía cuando nadie la veía.

Un día el miedo imaginario se invirtió por un golpe irremediable de la realidad, cuando una mañana amaneció colgada de un árbol una señora que aparentemente se había suicidado. Días después, la extinta Procuraduría, resolvió que primero la habían matado y luego, el marido, en el anonimato de la madrugada, había colgado el cuerpo de su esposa para que pareciera un suicidio, dejando a su lado una carta suicida y apócrifa.

Una cruz de metal enterrada al pie del árbol donde fue encontrada, la recuerda. 

***

El parque es a veces parque y a veces sueño. 

Hace un mes, Suky, nuestro perro, se perdió, y mientras recorría el Parque Juárez buscándolo (el lugar más probable en el que un perro que vive a dos metros de ahí puede estar) sentía cómo cada paso confirmaba mi impotencia. 

El parque se volvía otra vez el bosque de tinieblas al que temía de niño, las serpientes y leones volvían a aparecer. 

El sentimiento de la ciudad como monstruo era inevitable. 

Entonces me vino un viejo recuerdo que estaba, creo yo, entre polvo y escombros: Mientras caminaba preguntando a la gente si había visto a un caniche pequeño y blanco, me acordé de Winny. 

Winny es el primer perro que recuerdo. Era un caniche escandaloso, feo y agresivo, que enseñaba los colmillos a la menor provocación.

Pero era mi perro.

Una vez, regresando del colegio, busqué a Winny, (nos deberían dar el premio a la familia que peor nombra a sus perros) pero mi madre me dijo que no estaba, que se había ido con sus a amigos de vacaciones al Parque Juárez. 

Nunca me dijo que se había perdido, pero yo de alguna forma lo entendí. 

Hace un mes, mientras buscaba inútilmente a Suky, me mentía a mí mismo, para protegerme, como mis padres lo hacían hace 20 años: Suky se fue de vacaciones con sus amigos al Parque Juárez, se fue de vacaciones con sus amigos al Parque Juárez.

Pero no a este en el que yo caminaba preguntando, sino otro Parque Juárez, en otro tiempo, en otra parte. 

Finalmente, Suky, apareció inexplicablemente cruzando el periférico, una mano generosa lo rescató y nos lo devolvió. Pero también, me devolvió a Winny y su recuerdo, el de ella jugando con sus amigos, de vacaciones en el Parque Juárez. 

Hoy mi relación con ese parque oscila entre el amor y el odio, entre la realidad y los recuerdos de la infancia que van envejeciendo. Hoy ya es un parque más cuidado que hace 20 años, pero también con menos alma.

La cerca que ahora lo resguarda no evitará que un día nos traguen sus serpientes, sus leones, o sus ballenas de cemento, como tampoco podrán evitar devolverme el recuerdo de Winny de vez en cuando. 

Seguiré contando. 

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Pablo Argüelles

Escritor y fotógrafo. Le gusta caminar aquí y allá. Fundó Proyecto Análogo y La Máquina Roja Ediciones. Cree en el poder de los tacos árabes y es profesor universitario. 

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