Manatí

Night moves — La ciudad y todos sus monstruos VIII

PABLO ÍÑIGO ARGÜELLES | @Piaa11

La ciudad nos hizo así. 

Porque caminamos cabizbajos 

debajo de una lluvia de sol

Y de cristales

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23 de noviembre, 2010

Salí por la puerta del edificio hacia las escaleritas que me dejaban a pie de calle. 

El frío me entraba por las mangas y se perdía en algún punto entre el codo y mi cuello. 

Pronto ya no sentiría. Caminar excita a la sangre. 

¿Las ciudades duermen? Me dijeron que esta nunca lo hacía, que la vida salía hasta de las alcantarillas. Pero la gente miente, sobre todo cuando no sabe de lo que está hablando. Sobre todo cuando habla de ciudades. 

La gente miente que sabe, porque la ignorancia es la debilidad más perniciosa de todas las debilidades.

Porque si algo sé, y miren que a los 19 años uno no sabe muchas cosas, es que las ciudades duermen, lo hacen, y simplemente, como cada organismo de este mundo en declive, todas lo hacen diferente. 

Yo duermo destapado y boca abajo. Oscar Lyons, el tipo que me renta el cuarto, duerme desnudo y boca arriba. Los negros del piso de abajo duermen con carrujos prendidos que se consumen toda la noche. Como ellos. Como su música.

Esta ciudad duerme alerta, pienso, mientras doblo en la esquina. Si pones atención escucharás cómo ruge el aire al pasar por sus membranas.

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La ciudad nos traga y luego nos escupe. 

Pero no devora, regurgita.

Somos tragados en la madrugada

Devueltos entre saliva y jugos gástricos

Temprano, a eso de las 7.

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Camino por la misma calle por la que he caminado los últimos tres meses. Pero ahora no hay tráfico, ni vendedores, ni adventistas ni profetas. 

La única señal de que la madrugada no se ha tragado la vida es el subsuelo. 

Retiembla. 

Pasan vagones invisibles.

Retiembla.

El metro lleva toda la mierda, le escuché gritar hoy por la mañana (más bien ayer) a un viejo desatado que lanzaba miradas amenazantes a los que pasábamos e ignorábamos su bote de súplicas precarias. 

Repican sus súplicas dentro de una lata. 

Repican sus monedas.

Y a lo que dijo el viejo yo agregaría que la vida en general es muy parecida al metro.

Cuando paso el respiradero y la estela de aire de vagones ha cesado, pienso en mi movida nocturna.

Mi movida nocturna es llegar lo más lejos posible. 

Andar hasta el amanecer.

Comprobar que esta ciudad definitivamente está dormida.

Olvidarme de Marina.

Camino 20, luego 30, 40 y 51 calles.

Llego hasta el centro. Miro los edificios pulcros, durmientes, hipócritas. Antes de que fueran esto, eran peep-holes, prostíbulos. 

De eso ahora nada. 

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Pero la ciudad también nos salva. 

De todas las calamidades

De todos los desastres

De los propios, incluso. 

La ciudad te salve

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No hay nada que hacer. He caminado lo suficiente. Lo suficiente como para no querer volver a casa de inmediato. 

¿Qué demonios es lo suficiente? 

Entonces me postro frente a un aparador con teles.

Están dando la repetición de un juego de los Mets.

Junto a mí llega un vagabundo y me pregunta que cuánto tiempo llevo en la calle. No entiendo su pregunta, evidentemente. Una hora o dos, le digo.

Se ríe, rasposo. Me dice que él también lleva una hora, él también lleva una hora fuera de casa. Ya te acostumbrarás, me dice. 

¿En cuál inning van?, me pregunta, sobre lo que los dos vemos en la pantalla. Pero no le entiendo, no entiendo el beisbol. 

¿Porque entonces tienes una chamarra de los Mets?

Me da la espalda, se va enojado, musitando que todos mienten. 

Everybody fucking lie. 

Y justo antes de que emprenda la huida, se voltea y me dice:

Busca un lugar, niño,  la calle no es para ti.

Y entonces regreso a casa.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Pablo Argüelles

Escritor y fotógrafo. Le gusta caminar aquí y allá. Fundó Proyecto Análogo y La Máquina Roja Ediciones. Cree en el poder de los tacos árabes y es profesor universitario. 

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