Manatí

Angelópolis: El suicidio de la ciudad

LIZETH MEJORADA | @LizethMejorada

Son las seis de la mañana, en la oscuridad ya circulan muchos camiones de transporte público por la Atlixcayotl. Trabajadores y trabajadoras de todas partes de la ciudad y zona metropolitana van hacia sus trabajos en la zona de Angelólopolis. Muchos laboran en tiendas departamentales, en centros comerciales o plazas, otros en la jardinería, los estacionamientos o restaurantes; muchas son trabajadoras domésticas de los fraccionamientos más caros de la ciudad o personal de limpieza de universidades privadas y centros recreativos. La mayoría tiene que trasladarse, aproximadamente, más de una hora de sus hogares hasta su trabajo.

Para los poblanos más longevos la zona creció sumamente rápido, muchos recuerdan cuando el límite poblado era el circuito Juan Pablo II, en la zona de las Ánimas, cuando todo era monte y no edificios enormes. 

En la vida poblana Angelópolis es el símbolo del progreso y del desarrollo, pero,  para muchos de nosotros, es el símbolo del suicidio de la ciudad.

Hay un “viene viene” en una plaza comercial, se quema de sol todo el día para ganarse el pan y llevarlo a su familia, las personas en automóvil lo ven y no se imaginan la historia detrás de él, pues hace varios años, esas tierras le pertenecían a él, a su familia, por lo menos durante cuatro generaciones. Eran tierras de cosecha, que debido a fuertes presiones y grandes promesas, fueron vendidas a un peso el kilómetro cuadrado. 

Hoy el señor trabaja en aquel estacionamiento por necesidad y por mera nostalgia de ver aquellos árboles que su abuelo sembró convertidos en concreto. 

La comida es una de las peores horas del día, las y los trabajadores salen en su hora libre a intentar despejarse, la Angelópolis no tiene árboles, por lo que casi cualquier lugar es inadecuado para descansar. El espacio está diseñado para no ser habitado; las bancas son escasas, no existen banquetas dignas y el famoso parque lineal construido en administraciones pasadas no es un lugar caminable, sufre inundaciones en temporada de lluvia, que prácticamente es la mitad del año y entonces tienen que caminar por el arroyo vehicular para evitar que el agua les llegue al tobillo. 

La clase trabajadora no tiene donde comer. En temporada de calor ves a muchos trabajadores sentarse bajo los arbustos para intentar descansar de su jornada, amontonados, sin un espacio digno. 

Los estudiantes de la zona tampoco la pasan bien. La ciclovía es un foco de asaltos en las mañanas y en las noches por el abandono y porque desde el origen su existencia jamás debió ocurrir. 

Cruzar por esos puentes es caminar hasta el triple de metros y es totalmente inaccesible para personas con alguna discapacidad.

Los cruces seguros a nivel de piso son pocos, la Atlixcayotl y el bulevard del niño poblano son famosos por prestarse para ser una pista de carreras. Frente a la Universidad Iberoamericana el tiempo semafórico apenas alcanza para cruzar dos carriles de los diez que tiene la gran avenida, los estudiantes tienen que correr porque los autos no perdonan ir a la mitad del camino. 

Trabajadoras del hogar son arrolladas frente al fraccionamiento “La Vista”, se bajan de su autobús y no existe un cruce seguro para acceder al lugar; pero desde la comodidad, sonarle el claxon a las personas por “caminar en lugar prohibido” es algo completamente común, cuando ni siquiera se dan cuenta que no existen banquetas afuera de “La Vista”.

Desde el punto más alto del Tecnológico de Monterrey se debería de tener una vista hermosa del Popocatepetl y la zona, pero en su lugar se ve la densa neblina de la ciudad, el smog, la contaminación, aquella natilla que diario respiramos sin saberlo porque en el periodo Morenovallista se dejó de medir la calidad de aire.

Hoy sabemos que tenemos una crisis ambiental aunque la intenten ocultar.

El régimen anterior centró la gran mayoría de su inversión pública en este pedazo de tierra: Angelópolis, este es el gran ejemplo de lo que no debe suceder con las ciudades; crecimiento desordenado, corrupción en la industria inmobiliaria y grandes aspiraciones de un “progreso” acosta de la vida digna de las personas.

La ciudad no se sabotea sólo por tener malos gobernantes que toman pésimas decisiones para la habitalidad de sus pobladores, la ciudad se suicida el día en que sus habitantes aspiran tener una ciudad inhumana, sin darse cuenta.

IMAGEN DE PORTADA: Angelopolis90

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ManatíMX

Activista, Directora de Puebla Vigila, Consejera Ciudadana del Consejo de Movilidad de Puebla y estudiante de Literatura y Filosofía por la Universidad Iberoamericana Puebla.

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