Manatí

Hombres $100, mujeres $125

DANIELA HERÁNDEZ | @DanHdezSa

Después de 37 minutos de circulación, mismos que implicaron dos sobresaltos cada que la aplicación no actualizaba la transmisión del trayecto, mi amiga N llegó a su destino.

Por supuesto que no me bastó con leer en la pantalla de mi celular la notificación que manda la misma aplicación de Uber cuando se finaliza un viaje, para poder sentir el alivio de que, al menos durante un rato, de aquí a que N volviera a salir de su casa, estaría segura. Intercambiamos un par de WhatsApps y quedó confirmado, desde su habitación me contó que a pesar de que se había asustado en una ocasión que el conductor del vehículo se había desviado por el tránsito, ahora me escribía desde su cama. Misión cumplida —me dijo— y después me agradeció por seguir su desplazamiento. Para eso estamos las amigas —respondí—y nos intercambiamos «te quieros».  Me quedé pensando en lo vitales que son las redes de apoyo para nosotras, las mujeres que habitamos en un país en el cual asesinan a al menos diez mujeres por día. 

Avisar en donde estás, a dónde vas, con quién, a qué hora vuelves, y cómo vas vestida por si acaso después te tienen que buscar. Rectificar dos veces los datos de quien manejará el carro al que vas a subirte para llevar a cabo la simple acción de transportarte de un lugar a otro, lo que para nosotras, equivale a hacer un deporte extremo. Confirmar las placas, tolerar el enojo del chofer que se dio cuenta de que estas siendo precavida (porque él te considera más bien exagerada), cerciorarte de que no hay seguros que te impidan abrir las portezuelas, bajar la ventana por si en algún momento necesitas abrir el carro desde fuera para echarte a correr. Compartir tu viaje en tiempo real, fingir que llamas por teléfono para sentirte acompañada o marcarle a alguien para estar acompañada y no distraerte ni un momento de la ruta que el coche va tomando. Sudor, nervios, ansiedad, llegar a tu destino, avisar: pedir un Uber, no es la misma experiencia para todas las personas. Ni una sola vez, alguno de mis amigos hombres me ha pedido que siga su viaje, cada una de mis amigas, en cambio, me lo ha solicitado más de tres veces. 

Los servicios y las actividades que ocurren en el país, significan vivencias muy diferentes para los hombres respecto a las que experimentamos el resto de las identidades y esto es tan conocido y está tan normalizado que incluso los negocios y las empresas lo aprovechan para maximizar sus ganancias. El asunto ya no queda solamente en subir el costo del rastrillo rosa que solo se diferencia del azul por el color, sino que, ahora, a las clientas se nos “ofrece la posibilidad” de pagar una cantidad extra del costo normal del boleto de autobús para que podamos elegir como acompañante a otra mujer y entonces nos sintamos más tranquilas. Han habido casos de abuso sexual, acoso y violencia por parte de pasajeros hacia pasajeras y la respuesta a tales dinámicas ha sido —como debe de esperarse dentro de la lógica capitalista y la impunidad estatal—, el cargarle un costo extra a la seguridad que todas las personas merecemos pero que solo algunas disfrutan sin que les implique una inversión mayor: vivir es un lujo.

Que una línea de autobuses nos cobre una tarifa adicional por no correr el riesgo de que se nos violente mientras viajamos en sus asientos, no solo implica que haya muchas mujeres que por su (in)capacidad económica no puedan acceder a la “promoción” —lo cual automáticamente las responsabiliza si se convierten en victimas por no haber tomado previsiones  suficientes—, sino que además, significa que nos venden mentiras. Ningún pago extra nos asegura que al tener una ventanilla de nuestro lado izquierdo y a una mujer del lado derecho, nos vamos a salvar si nuestro agresor se sentó del otro lado del pasillo. O si nos aborda mientras esperamos por nuestro equipaje o mientras subimos al taxi. Las medidas que tanto la iniciativa privada como el gobierno están tomando no son suficientes para hacer cambios estructurales ante violencias estructurales, de ahí que estemos orilladas a comprar gases pimienta, navajas y teasers como accesorios, literalmente, como accesorios que llevamos todos los días en la bolsa o en la mochila.

La primera vez que vi que en el bazar en donde acostumbro comprar mis suéteres, vendían gases pimienta camuflados como labiales, me pareció una buena idea, pero después reflexioné sobre todo lo que eso significa. Aunque aplaudo los intentos que emprenden las mujeres dueñas de los negocios, al acercarnos estos recursos que empleamos para hacer frente a la situación de emergencia que atravesamos y que nos cobra decenas de vidas todos los días, considero importante reflexionar lo que implica que, entre anillos con cuarzos, sombras de todos los colores y gafas, en los mostradores se oferten objetos que compramos para estar un poco más preparadas ante la riesgos que todo el tiempo corremos.

Los vagones exclusivos para mujeres, las clases de defensa personal, llevar las llaves en la mano, los silbatos rosas, son medidas que de poco nos salvarán si dos hombres deciden subirnos a su carro, evitándonos así volver a casa. Pensemos qué tan normalizado está el que tengamos que alistarnos nosotras mismas, comprando un aparato que da toques o pagando un costo extra en nuestro boleto de camión ante la amenaza que nos acecha siempre. 

No pido que dejen de existir espacios que, de cierta forma nos permitan tener un margen para respirar y recobrar esa energía que empleamos todos los días para seguir resistiendo ni tampoco critico los esfuerzos que entre nosotras hacemos para cuidarnos entre todas, lo que digo es que debemos de articularnos y exigir que se tomen acciones que realmente hagan un cambio y que no justifiquen más despojos de los que ya de por sí, entre miradas, toqueteos, cargos extra y malas políticas públicas nos cobran la vida.

Que el Estado y las empresas se enteren: quiero destinar mis ahorros a libros nuevos, no a gases pimienta. 

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Daniela Hernández

Feminista interseccional, internacionalista, activista y politóloga en formación que funciona a base de café, fútbol, filosofía y disenso. También hace investigación sobre género, diversidad sexual y Estado de Derecho.

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