Manatí

¿Qué le han hecho a mi bar, ma? – La ciudad y todos sus monstruos IX

PABLO ARGÜELLES | @Piaa11

¿Terraza o barra?, me preguntó un comando de hostess que al parecer ahora custodiaba la puerta de mi bar preferido.

¿Terraza o barra?, insistieron, bloqueando mi paso al interior. 

De hecho, los tres ahí parados, mirándome, me recordaron a un perro de tres cabezas como el que cuidaba el inframundo de Hades. Por lo tanto me vi como una pobrísima versión del Hércules de Huexotitla, al intentar evadir —sin éxito, claro— a una bestia que, abrazando unos menús enormes, me interceptó sin piedad a la pregunta de ¿terraza o barra?.

¿Terraza o barra?, ¿qué clase de lugar es este? ¿Desde cuándo hay hostess aquí? Yo sólo quiero entrar por una cerveza. 

Con permiso. 

El inédito comando pareció desprogramarse cuando expresé mi deliberación por necesitar una cerveza y ya. En la barra. Solo. Nada más. No quería más. Pero no estaban entrenados para respuestas como la mía. 

Finalmente, mi insistencia fue mayor que la de ellos y me dejaron a mi suerte, no sin antes regalarme una última mirada desafiante que decía entre líneas: pues a ver si puedes. 

Me alejé de ellos, espantadísimo, y miré el entorno para verificar si efectivamente no estaba yo entrando al bar “La Sobredosis” o uno de esos sitios con rooftop, hostess y vinochelas que últimamente abundan por aquí.

Pero llegué a la barra, mi querida barra, y reconocí detrás de ella los ojos del barman de siempre, y me sentí en casa, como quien escapando de las garras de un barrio que no conoce, se encuentra con un viejo amigo entre la multitud. 

Aliviado de verle, le dije: ¿y esos nuevos hostess qué? 

Para mi sorpresa no dijo nada. Absolutamente nada. Sólo soltó una risa programada, con una frialdad que tan sólo antes había reconocido en los ojos del nuevo comando élite.

—¿Me das una de barril?— le dije, asumiendo que mi comentario anterior había sido ignorado. 

Y aquí empezó el drama.

—La tienes que pedir en la caja, bro. Ahí la pagas, me traes el ticket y ya te la sirvo. 

Me reí. Pensé que era una broma.

No lo era. 

Desconcertado y con el orgullo herido —detesto que me digan bro— fui a donde me dijo. Ahí, una persona con una amabilidad tan sólo comparable con la de un agente de aerolínea, me preguntó sin despegar los ojos de su pantalla: 

¿Quévaser?

Una cerveza

Aproveché el momento para expresarle, con cara de perro tonto, mi descontento para con la situación. Y más que un descontento, fue —deduje después— exigirle una explicación a alguien que jamás me la podría haber dado sin herirme un poco más: 

—Es el nuevo sistema, lo que pasa es que le estamos apostando a otro público. Si te molesta puedes pedir tus cervezas por adelantado para que no estés viniendo a cada rato a la caja. 

Lo que me faltaba. Ahora, además de todas las decisiones que uno tiene que tomar con su vida y el futuro, uno ya tiene que saber con certeza cuántas cervezas se va a tomar en una noche. Me sentí un imbécil.  

—O se las puede pedir a algún mesero, si gusta

¿Mesero?, ¿dijo mesero? Sí, junto al comando de hostess se encontraba ahora un nuevo ejército autómata de meseros con delantal y chícharo en la oreja, un tanto torpes, que tenían la tarea de interceptar cualquier conato de espontaneidad dentro del lugar.

Predije que me tomaría, según mi antojo y el tiempo que planeaba estar ahí, tres cervezas. 

No llegué a la segunda.

***

Mi bar de siempre, como tantos lugares al rededor, ha sido presa de la “burocracia de la experiencia”, o al menos es sólo así como puedo concebir a ese largo y siniestro tedio que está de moda, impuesto, sospecho, por los lugares cadena, y que facilita al usuario/cliente algo ya de por sí facilísimo, como pedir algo de tomar. 

La experiencia. La maldita experiencia. Una experiencia de mentiras. Terrazas con calentadores que en cualquier momento parecen despegar, postres que llegan caminando por sí solos a presentarse a la mesa, cartas de madera más grandes que una balsa, propina del veinte, obligatoria, cocteles que se inmolan. Todo basado en la pseudo amabilidad, la personalidad fingida. La hipocresía. El servilismo extremo. Se trata de huir a toda costa de la magia de la improvisación.

Todo lo anterior llegó a mi bar. Y en otros lugares está bien. En el cine está bien, en los hoteles está bien. En las oficinas de gobierno estaría muy bien. 

Pero en mi bar no. Ahí no.

Cuando uno se apropia de un lugar como un café o un bar y lo vuelve parte de su cotidianidad, lo hace, creo, por dos razones: porque ahí uno encuentra a los amigos de siempre, el punto de reunión, o porque ha encontrado un buen lugar para disfrutar su soledad, ser sociópata por un rato, sin el proceso obligatorio de hablar con tres personas para conseguir una cerveza. 

La burocracia de la experiencia mutila a los bares, a los cafés y a las ciudades de sus características más humanas.

Desde ese día no he vuelto. Y está bien. Ya no verán al loco que escribe de cerveza y tonterías. Al contrario, habrán ganado cien clientes más que buscan una experiencia summa. Pero pienso hacerlo pronto, porque tal vez no es tan malo como aquélla noche me lo pareció. 

Aunque es cierto, nadie me quita ya que, pedir una cerveza, se ha convertido en algo tan complicado como darse de alta ante el SAT. 

Pedir una cerveza se va pareciendo cada vez más al resto de la vida. 

Y no se trata de eso.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Pablo Argüelles

Escritor y fotógrafo. Le gusta caminar aquí y allá. Fundó Proyecto Análogo y La Máquina Roja Ediciones. Cree en el poder de los tacos árabes y es profesor universitario. 

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