Manatí

Silencio igual a muerte

BRAHIM ZAMORA | @elinterno16

El miedo de hacer nos reduce a la impotencia.

Eduardo Galeano

La primera vez que vi impresa la mítica frase de batalla en la lucha y respuesta a la epidemia de mi generación, la del VIH, seguramente fue en algún afiche que le vi a mi amigo Toño Chamorro. Y se me quedó tatuada en el corazón. No lo recuerdo bien, pero en la oficina de El Torito, esa ONG donde comencé a trabajar formalmente en esto que llamamos la sociedad civil, tenía alguna postal que diariamente nos lo recordaba: silence=death, coronada por el temible triángulo rosa con el que el régimen nazi marcaba las ropas de los hombres homosexuales que exterminó durante el Holocausto, pero ahora invertido como reivindicación del movimiento LGBTTTI. Silence=Death Project nació en Nueva York; Act Up recogería el cartel para una de sus campañas más exitosas y lo globalizaría.  

En 2008, por fin pude comprar una camiseta de Act Up en la Conferencia Mundial de Sida. Me la puse en cada marcha a la que fui hasta que se acabó. Silencio=Muerte. Ese poderoso lema me ha acompañado ya durante unos 20 años, es un mantra. Un tatuaje verbal que se activa en mi cabeza desde mi corazón cuando el miedo a denunciar o a decir lo que pienso, lo que siento, me asalta, que no es pocas veces en la vida, en el día a día. Silencio es igual a muerte, vuelvo a pensar y repensar en esta otra pandemia que a nuestras generaciones les ha tocado vivir. 

Hoy quiero hablar del otro miedo justo, no del miedo al virus, sino del miedo a decirlo. Por ello mi epígrafe; desde la adolescencia que descubrí El Libro de los Abrazos de Eduardo Galeano, esa frase se me metió a la espina dorsal y la escribí en la pared de mi habitación, no en cualquier sitio: en la parte alta de la cabecera de mi cama. El miedo de hacer nos reduce a la impotencia. No para no tener miedo, eso es inevitable, sino para no dejar de hacer, para no quedarme en la impotencia. 

Quiero contar una historia de Ana. Ana es una mujer que quiero muchísimo, eso no es lo importante, pero importa, porque es de esa querencia que nace esta reflexión. Ana trabaja en una dependencia gubernamental. 

Ana tuvo miedo. Muy al inicio de la epidemia, se sintió expuesta porque alguien cercano a una persona de su dependencia se había contagiado de Covid19, tuvo miedo por su familia, por sus cercanos. Y empezó a tomar precauciones, sin embargo nunca la mandaron a casa, nunca le dijeron que dejara de exponerse. Pero no pasó a mayores. Continuó moviéndose en su labor, lavándose las manos, intentando guardar la distancia y viviendo la cuarentena desde su oficina en ese emblemático y espantoso edificio público del poniente de la ciudad. No lo voy a negar, la abracé cuando pasó el miedo, yo también lo tuve.

Ana siguió trabajando en sus otros proyectos, en su vida, escribiendo sus temores y sus visiones en el diario que lleva; algunas cosas me contó. Muchas otras se quedaron en el silencio. 

En los días de mayo Ana me contó que escuchó en los pasillos que gente de la dependencia había enfermado y que las órdenes superiores eran no decirle nada a nadie, incluidas las personas que habían estado expuestas por contacto. Esa gente se infectó haciendo su trabajo, no en fiestas clandestinas, no en la vida cotidiana. El miedo vuelve, la impotencia lo acompaña. Lo sé porque me lo confía.

No dudo en decírselo: denuncia. 

Hablo con un amigo reportero para plantearle la situación: 

-Necesitamos que ella dé el testimonio. Puede ser de manera anónima. 

Ana cree que me tranquiliza diciéndome que están preparando la filtración. Sabía que lo hizo para sacarme la vuelta. Insistí una vez más. Cambio de tema. Silencio. 

El miedo de enfrentar a quienes piensa que debe ser leal, porque así son las estructuras jerárquicas, el miedo de verse fuera de ese trabajo, que tampoco sabe muy bien si es lo que realmente quiere hacer en la vida, el miedo a dar explicaciones, a sentir que traicionó a alguien que “le dio una oportunidad” (o inserte aquí cualquier fresa tóxica de jefe imbécil, de líder de partido, de alto burócrata del desprecio a la dignidad).

“El miedo de hacer…” me digo entre dientes, la entiendo y no la juzgo. No soy yo quien está viviendo eso, esos miedos, tengo que lidiar con los míos. Yo solo hablo desde la indignación y la rabia que me da saber que si este virus está tan descontrolado, es porque los que hablan todos los días de él ante los medios administran la vida y la muerte de sus subalternos como si fueran niños quemando hormigas con una lupa. Y tampoco puedo hacer mucho. La impotencia. 

Una foto. En redes sociales de casualidad veo una imagen de la oficina de Ana, celebran un cumpleaños, hay un subsecretario, todos sonríen, lo sé porque nadie lleva cubrebocas. Se abrazan. ¿Y las medidas que deberían ser estrictas al menos al interior de esas oficinas, como en el resto del estado? No sé. También me callo. Tiene muchos días que no hablo con Ana. Siento que no me incumbe. Creo que me han convencido, esto me genera, ya, indolencia. Y eso está del carajo. No sé acomodarlo.

Vuelvo a escribirme con Ana. Le digo que viene mi cumpleaños. Ella me cuenta lacónicamente, a pesar del espanto, que el padre de un compañero suyo ha muerto y que dos compañeros más están enfermos. Siento el miedo. Son ahora, sus compañeros de piso. Supongo que el silencio continúa. Que todo mundo habla de lo lamentable pero nadie se hace cargo de la decisión de seguir exponiendo a la gente. Que hay que aguantar, cuidarse, ahora sí. 

Le ofrezco apoyo, escucha. Le digo que tome de mí lo que necesite y que no lo vea como un favor. Que entiendo el miedo. Ana no necesita de mí, nunca lo ha hecho, tal vez ha sido un poco al revés, pero esa es otra historia de Ana. Aún así hay un vínculo que me empuja a ofrecerme (quién dijo que todo está perdido… escribió Fito en días de mucha oscuridad). Silencio. Pasan dos días y sólo me da las gracias. Se encuentra más tranquila me dice. Pero la muerte está muy cerca. El silencio la atrajo. 

Vuelvo a pensar en la epidemia de mi generación, en cómo hicimos para perderle el miedo, en cómo nos organizamos, en la insistencia en los condones, en la reducción del daño, en la lucha contra la homofobia, y en todas las resistencias que subsisten después de que el mundo cambió desde entonces; ahora es mucho más grande todo lo que debemos enfrentar. Entiendo y me hace sentido hoy más que nunca que el silencio es igual a muerte. Espero que Ana y sus colegas lo vean, lo sientan y puedan derrumbar la muralla del miedo y decir. No cuando sea demasiado tarde, decir ahora. 

No hemos hablado ya del tema. Ahora en su oficina llevan cubrebocas N95. Pero detrás de ellos, sigue imperando el silencio. Y no se trata de que la vida siga así nomás. Se trata de defenderla. 

Pero Ana no quiere hablar conmigo ya. Solo mira de reojo cuando lee lo que publico en mis redes. Lo que yo sé es que toda la responsabilidad es de quien toma las decisiones, pero ya no podemos seguir volteando a nuestro teclado cada vez que esas decisiones sean una canallada. 

Y por eso escribo hoy esto, porque se hace imperante como desde hace 40 años, no guardar silencio en cada espacio que ocupemos, por pequeño que parezca. Por muy impotentes que el miedo nos haga sentir, aún podemos optar. 

Pienso en otro mantra de vida, en otro pedacito de verdad que sirve para acomodarlo cuando acaba de llover y me pregunto cómo andará todo, un proverbio del África: si piensas que eres demasiado pequeño para hacer el cambio, intenta dormir en un cuarto cerrado con un mosquito. Eso. 

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