La ciudad que no quiere morir

 La ciudad que no quiere morir

Me pregunté por un segundo qué pasaría si le contara, de manera resumida, cuántas de las mías no llegaron a su casa esta mañana, y la que sigue, y la que sigue. Mi conductora se rompería en llanto. Quizás yo debería de hacerlo.

SANDRA A. SMITHERS | @sandysmthrs

Esta mañana la ciudad amaneció muerta. En realidad, llevaba algunas horas sin vida, pero el clima en la Isla tiende a congelar el tiempo. Como era otoño, la mañana no tardó tanto en llegar y cuando lo hizo, la muerte fue descubierta a grados bajo cero.

Mi avión aterrizó a medianoche, qué aventura la de aterrizar en medio de la nada, en una mancha negra en medio del océano atlántico norte, y el día alejándose del avión.
Las indicaciones del piloto fueron el primer encuentro que tuve con este idioma hermano del nórdico antiguo, intenté concentrarme para entender lo que decía, sólo logré distinguir: Velkomin ád Island, Bienvenida a Islandia.

Reykjavik, que traducido responde a bahía de humo, había sido víctima de un arrebato. Un arrebato poco común dentro del círculo polar ártico. La desaparición de una joven, una adolescente de origen islandés que durante la noche se había esfumado tan rápido como la neblina de la ciudad; no había rastro alguno de ella. Tan sólo un video de seguridad capturado en la calle principal del centro de la ciudad, Laugavegur es la calle más transitada del centro de la capital islandesa, y ahora, era testigo de un secuestro.

El camino del aeropuerto a la ciudad dura unos cuarenta y cinco minutos; cuarenta y cinco minutos de oscuridad y sombras, asomadas a la orilla de la carretera de doble sentido que me llenaba de intriga. Me había recogido en la entrada del aeropuerto una joven islandesa y un joven mexicano que trabajaban para la organización que me recibía para realizar un voluntariado por unos meses. Después de unos veinte minutos el tema brotó: “Han arrestado ya a los culpables”, menciona. El mexicano voltea a verme, como diciendo “sí, aquí también.”

Islandia tiene una de las tasas de crímenes y homicidios más bajas del planeta. Por eso la desaparición de Birna movilizó a la capital de Islandia.
Islandia tiene una de las tasas de crímenes y homicidios más bajas del planeta. Por eso la desaparición de Birna movilizó a la capital de Islandia.

Dos pescadores de origen groenlandés habían aparecido también en el video de seguridad de la calle Laugavegur; una cuadra abajo de donde Birna, la joven, había desaparecido. La búsqueda comienza por lo que todo un país quería evitar: ser una sociedad donde una joven no vuelve a casa nunca más.

Continúa la historia, mientras yo miraba por la ventana de este vehículo acondicionado al frío del país. Hoy puedo tristemente reconocer que para mí, la historia no era más que escuchar con morbosidad un caso de asesinato, el mexicano lucía el mismo gesto en su rostro.

Una semana, una semana pasó para que más de ochocientos voluntarios junto con brigadas enteras de búsqueda y rescate salieran a las calles (o a los montes) a buscar a la hermana que les faltaba. Las pistas principales que le permitieron a la primeriza policía y detectives islandeses vinieron también de dos jóvenes voluntarios que decidieron pasar la tarde buscando algún indicio de Birna. Encontraron sus botas, cerca de la bahía.

Pasó una semana, encontraron su cuerpo desnudo. Los detectives aseguran a los padres de Birna, que aunque desnuda, no sufrió ningún tipo de abuso sexual. Este comentario me resulta extraño al escucharlo. Murió ahogada, en las heladas aguas del país que la vió nacer.

Me resulta familiar.

Se llevó a cabo un funeral. Se cantaron las canciones más bellas, asistió la mayoría de los habitantes de Reykjavik, incluído el presidente y el primer ministro. Todos unidos en la catedral de la ciudad, la gran iglesia Hallgrimskirkja.

Murió una joven.

Los dos mexicanos escuchamos inertes la historia familiar que nos contaba la nativa islandesa que venía tras el volante.

Me pregunté por un segundo qué pasaría si le contara, de manera resumida, cuántas de las mías no llegaron a su casa esta mañana, y la que sigue, y la que sigue. Mi conductora se rompería en llanto. Quizás yo debería de hacerlo, pero la insensibilidad tiende a secar las reservas de agua salada de las y los mexicanos. Los dos lo pensamos, en silencio.

Nadie se salva, pensé.

Las ciudades no duermen tranquilas, porque siempre amanecen incompletas. Las ciudades ya aprendieron a bailar en el viento sin caerse cuando golpea, despiertan magulladas. Las siete de la mañana ya aprendieron a ser pacientes, quizás lo que les falta a las mañanas, es amanecer, para variar, repletas de furor.

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Sandra S. Smithers

Estudiante de Comunicación en la Universidad Iberoamericana de Puebla; es poeta y escritora. Publicó su primera obra individual en 2020 titulada «Cartas a un astronauta». También publicada en la antología de poesía «Metrópoli» de Alcorce Ediciones. Su poema «Noches de Septiembre» fue premiado durante la Jornada Universitaria «Ayotzinapa, entre el dolor y la esperanza». Cuenta con un cuaderno de viaje que aglomera diversas crónicas acerca de vivir en Islandia.

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