Héroes de la pandemia en Puebla: historias del personal de salud poblano

personal médico ilustración

Desde que comenzó la pandemia, el personal de salud poblano ha sido de los que más afectaciones ha tenido a nivel nacional.

PALOMA FERNÁNDEZ | @PalomaPEN

El 2020 quedó marcado con la llegada acelerada y agresiva del coronavirus. En marzo de ese año, México se vio de frente con esta enfermedad que llevó a primera línea de batalla al personal médico de todos los niveles y lugares del país.

En Puebla la pandemia ha cedido, pero ha dejado tras de sí a 211 médicos y personal de enfermería fallecidos de COVID-19 y 6 mil 69 contagiados, de acuerdo con el corte hasta marzo de 2021. 

Así, Puebla ocupa el tercer lugar con más bajas de personal médico en el país. Junto a Ciudad de México, Estado de México, Veracruz, Jalisco, Guanajuato, Chihuahua, Hidalgo, Tabasco y Nuevo León, estas entidadaes concentran el 65% total de defunciones de profesionales de la salud en la República Mexicana.

Las estadísticas apenas divisan una parte del panorama que el personal médico tuvo que enfrentar durante la pandemia en Puebla. Es en los siguientes testimonios en donde realmente se entiende la realidad tras la primera línea de batalla en una pandemia.

Alis Carus Fernández, anestesióloga

Residente de anestesiología en el Hospital General del Sur

alis carus, personal de salud poblano

Alis Carus Fernández, originaria de Oaxaca, es residente de tercer año de anestesiología en el Hospital General del Sur de Puebla “Eduardo Vázquez Navarro” y el Instituto Nacional de Cancerología, y vivió el inicio de la pandemia entre la incertidumbre y el miedo a un virus del que se sabía poco.

“Le teníamos miedo a la propia enfermedad como tal. Veíamos en las noticias muchos casos de médicos jóvenes en el extranjero que habían muerto a causa de Covid, entonces pues a la mayoría nos daba miedo enfermar, morirnos o contagiar a alguien cercano a nosotros. Nos daba miedo a veces este llegar a casa, sobre todo recuerdo a mis compañeros que llegaban a casa con su esposa, esposo, hijos y les daba mucho miedo estar cerca de su familia”.

Entre el miedo y lo desconocido de esta enfermedad, Alis y sus compañeros de residencia se capacitaron en menos de una semana en ventilación mecánica, manejo de pacientes intubados y el uso correcto de equipo de protección,  y así enfrentaron los retos que se iban presentando.

“Los jefes de nuestro servicio en este sitio nos convocaron a una reunión días previos de que la pandemia se declarara aquí en México, y ellos nos trataron de explicar que la situación se veía un poco oscura para nuestro país porque, como sabemos, el sistema de salud no es muy bueno”, dice a Manatí.

Y así fue: el manejo de equipo y de protección para el personal que atendía a pacientes sospechosos de COVID-19 tuvieron que correr por su cuenta.

 “El hospital no nos proporcionó equipo necesario. De hecho al principio nos dieron unos cubrebocas que ni siquiera cumplían con las características de cubrebocas quirúrgicos o de K-N95. Entonces nosotros empezamos a comprar nuestros propios cubrebocas, al principio eran muy caros”.

Las donaciones de equipos de protección por parte de empresas externas y otros miembros de la sociedad civil ayudaron al hospital los primeros meses. Aun así, Alis admite que tuvieron que invertir en un equipo adecuado que rondaba los mil 500 a mil 700 pesos en ese momento.

Como anestesióloga, Alis pasó de presenciar defunciones de pacientes y compañeros a dar cada vez más pacientes de alta, con la sensación gratificante de ver despertar a aquellos y aquellas que antes hubieran tenido incertidumbre de lo que les podría pasar una vez entraran al área covid del recinto.

“Dentro de las cosas más gratificantes siempre es cuando los pacientes se van de alta o te dan las gracias. No recuerdo algún paciente en específico, pero siempre es muy bonito en anestesia cuando despiertan los pacientes de una cirugía muy larga, y entonces despiertan y te dicen ‘¿cómo? ¿ya terminó todo?’, es algo muy padre”.

A estas alturas, donde las primeras campañas de vacunación en el país avanzan y cada vez hay más pruebas negativas entre los pacientes, reconoce que más allá de su labor, una de las enseñanzas más grandes de esta pandemia fue el apoyo en los seres cercanos.

La salud mental y la contención emocional fueron clave para que Alis pudiera continuar con su labor, y afrontar el estar lejos de lo que más quiere.

“La familia y los amigos siempre van a estar. Las personas cercanas siempre son a las que nos podemos acercar, y en las que siempre hay que apoyarnos y en las que es importante convivir y tratar de tener muy buenas relaciones, siempre estar muy bien comunicado con tu familia, por ejemplo, porque pues uno no sabe en qué momento todo puede cambiar”.

Luisa Juárez, enfermera

Enfermera del Instituto Mexicano del Seguro Social – Clínica 15, Tehuacán

luisa, enfermera

Luisa Juárez trabaja en la Clínica 15 de Tehuacán del Instituto Mexicano del Seguro Social, y es su primer año trabajando como enfermera. Es madre y eso impidió que la primera vez que le ofrecieron el empleo pudiera tomarlo. Sin embargo, en julio la buscaron de nuevo y entonces aceptó.

Fuera de la clínica en que trabaja, Luisa es enfermera privada y madre e hija de tiempo completo. Disfruta de pasar tiempo con su familia mientras descansa de una larga jornada laboral, que con la llegada de la pandemia se tornó aún más desgastante y riesgosa para ella y su familia.

“Ya entré con un poquito de miedo, pero pues bueno, sabía que por algo había estudiado entonces por algo tenía que empezar”, relata.

Desde su ingreso en uno de los puntos clave de la pandemia en Puebla, tuvo que capacitarse a pasos acelerados y enfrentarse a la poca capacidad de la clínica, la cual no tenía el equipo o las áreas adecuadas para atender a la afluencia de pacientes que se presentaban día a día con Covid-19.

Luisa narra cómo “cada día, cada semana, cada quincena se iban poniendo protocolos nuevos para el manejo del paciente Covid, tanto como en fase inicial, como en fase crítica, como fase de recuperación. Todo era nuevo para nosotros, entonces lo que hizo el Instituto pues fue continuamente puede estar capacitando al personal que entraba a las áreas”.

El personal de salud que labora en su clínica desde el inicio tuvo equipo de protección completo y otorgado por su institución; sin embargo, la gran carencia era el personal médico para atender a aquellos pacientes graves en las instalaciones y el oxígeno o medicamentos recaían en los familiares del paciente.

“Lamentablemente la clínica tiene capacidad muy pequeña para quienes necesitan de la atención, entonces aquí lo más carecen son las tomas de oxígeno para los pacientes”, comenta Luisa.

El área destinada a la atención de pacientes Covid en la clínica donde laboraba tiene capacidad para 70 pacientes, con apenas 10 tubos para aquellos pacientes graves.

En ese sentido, el ingresar a esta área supuso una rutina para el personal que consistía, de inicio, en el uso de overol, bata, doble guante estéril, goggles de protección, cubrebocas, careta y botas quirúrgicas.

Al terminar la jornada tenían que retirarse el equipo que el personal de aseo lava en el hospital, para después bañarse, y tomar todo un proceso de desinfección meticulosa para llegar a casa.

No fue complejo acoplarse a un protocolo que les daba un poco más de seguridad al realizar sus labores, pero sí fue difícil lidiar con las consecuencias en su salud mental y física, que se deterioraban cada día en el manejo de la pandemia como personal de salud.

“Llegó un momento en el que por la rutina, el desgaste, y ,obviamente, la decepción de que muchos pacientes al inicio entraban y fallecían por el desconocimiento del manejo de la misma enfermedad, el Instituto abrió apoyo psicológico para que en cualquier momento que nosotros lo necesitáramos como personal de salud, pudiéramos acudir para poder seguir coherentes ante todo lo cambiante que había”.

Con el avance de la pandemia, los retos para Luisa y sus compañeros y compañeras escalaban, afrontar la muerte constante y la desesperación de los familiares que buscaban que sus pacientes salieran con bien de algo que en su momento desconocían.

“Más que profesional sí era más como emocional, porque a fin de cuentas somos humanos. Veíamos morir tanto a hijos, como esposos, como mamás, y era como decir ‘no quisiera estar en su lugar, y voy a hacer lo posible y lo mejor para esta persona’. Estábamos teóricamente capacitados en cuestión de salud, pero incapacitados para enfrentar emocionalmente eso… y yo creo que nadie lo estaba”.

Luisa llegó a encontrar esperanza en aquellos días en que las afluencias incontrolables de casos Covid bajaban, en aquellos pacientes que al principio parecían no tener cura, y pudo verlos salir con vida.

“En algunos de esos tantos días me tocó poder entregar algún familiar, fue hasta el momento lo más importante porque ese paciente llevaba mucho tiempo en el hospital, y ahora está bien”, narró.

En este momento, el aprendizaje más grande fue entender que las acciones que llevamos cotidianamente pueden hacer la diferencia con enfermedades como el COVID-19, donde en su opinión, aquellas personas más vulnerables fueron aquellos que no cuidaron de su salud.

“Se les decía que tengan una buena alimentación, un buen estilo de vida. Y hablo también por parte del personal de salud, que cuenta médicos con obesidad, hipertensos, diabéticos; a pesar de que nos dedicamos a cuidar de esas enfermedades no lo hacemos en nosotros mismos. Entonces que nos sirva de experiencia que tenemos que valorar la vida, porque en un instante acaba y es lo único que importa como seres humanos, preservar nuestra vida”.

*Karla, enfermera

Enfermera del Instituto Mexicano del Seguro Social – Hospital de la Margarita

*Karla es enfermera desde hace 15 años y ha trabajado casi toda su carrera en el Hospital La Margarita, uno de los principales lugares en donde se concentraron la mayoría de casos de contagios en la capital poblana.

Ella estuvo en otra de las crisis sanitarias que ha azotado al país, la de Influenza H1N1, aun así admite que no había experimentado nada parecido a esta pandemia, que cambió cada aspecto de su vida también personal, al ser madre de dos niños y pilar de una familia.

“Por cuestiones de trabajo mi mayor pasatiempo ahora es dormir. Ha sido como una revolución en el sentido ya también de la familia, porque estábamos acostumbrados a tener, como quien dice, una vida normal. A raíz de la pandemia todo se modificó, hasta los pasatiempos, por ejemplo antes salíamos a caminar o a eventos, íbamos a las escuelas a presenciar juntas, clases, festivales… todo eso se modificó”.

Ella recuerda bien la fecha en que, como dice, todo cambió. Estaba por terminar abril, se recuperaba de una incapacidad en casa, mientras que su compañera de área recibía una capacitación que desde enero comenzaba a hacerse necesaria para el personal de salud en el país.

“Yo llegué a un poco más exigente, a decir ‘necesito que me digas en la capacitación del equipo de protección, necesitamos la ruta de trayecto, de la ruta crítica del paciente, necesitamos el protocolo para atención al paciente covid’. Puedo decirte que tendrá apenas un mes que me entregaron el protocolo para paciente decúbito”, es decir, la posición en que los pacientes covid deben estar al momento de su manipulación.

Karla exigió una capacitación que le asegurara su bienestar y la de los pacientes a los que atendería, lo que recibió fueron protocolos incompletos, capacitaciones con información parcial, y un aprendizaje que se perfeccionó con el tiempo y la experiencia en medio de una situación crítica.

“Estábamos trabajando a cierto error, entonces realmente no fue una orientación como tal. Nos estaban capacitando y te decían ‘aquí está la página de internet, ahí está el repositorio y ahí buscas el tema que te convenga o que tú necesites’. La capacitación entonces para algo tan básico como era la colocación y retiro de equipo por ejemplo, no hubo”, por si fuera poco, ese mismo equipo tuvo que ser adquirido por ella y los demás miembros del hospital.

En el caso del personal del hospital de la Margarita, la calidad de equipo médico que se entregó fue deficiente, con cubrebocas que no cumplían las especificaciones para atención en hospitales, batas casi “transparentes”, como describió Karla, y otros materiales de baja calidad que a la larga ocasionaron lesiones al personal que lo utilizaba.

“Ahorita muchos compañeros tienen cicatrices en la cara, tan sólo mi compañera tiene unas muy marcadas por lo mismo del cubrebocas, porque era presión, tras presión, tras presión. Tienes tu cubrebocas, más aparte otro cubrebocas, más aparte de tus googlees, más aparte tu careta… toda esa presión te lastima. Yo tuve que comprarme unos parches para la nariz, para protegerme tan sólo en la nariz”.

A este problema se sumaba la división de áreas y la repartición de personal, un asunto que se arrastra desde 2017 donde el sismo que cimbró el país en septiembre provocó daños estructurales en uno de los hospitales más grandes del estado, el Hospital de San Alejandro.

El traslado de personal en ese momento implicó que la Margarita se adaptara a nivel de personal y de infraestructura.

“La Margarita se convirtió en el monstruo que antes era San Alejandro. Antes a San Alejandro siempre le decían el monstruo porque eran 8 pisos, era un hospital grande y tenía mucha capacidad”, dice.

Por eso,  ahora no sólo se trataba de su capacidad para pacientes sino también para el propio personal que batalló para tener lugares en los cuales vestirse, asearse y atender a la afluencia de enfermos covid en el momento de la pandemia.

La ausencia de protocolos, de espacios y áreas adecuadas para el personal de salud, como Karla, provocó inevitablemente contagios y defunciones en el hospital. Ella fue una de las afectadas cuando contrajo covid en junio del 2020.

“Sientes que el mundo se te derrumba en ese momento, pero como que tienes la esperanza, empiezas en tus negaciones yo creo que tu proceso de duelo y empiezas a aislarte […] Me habían hecho la prueba, pero como yo no tenía unos datos tan alarmantes pero me acuerdo, y esto es desde mi experiencia, sufres discriminación por sus propios compañeros también”, comenta.

Pero, además de tener que reacomodar cada aspecto de su vida para cuidar de sí misma y de los suyos, Karla también tuvo que enfrentarse a los malos tratos de sus compañeros de otras áreas.

“Cuando fui a la clínica me hicieron la prueba de PCR, y prácticamente me dieron a entender que estaban desperdiciando la prueba en mí, porque no tenía yo muchos síntomas. O sea, porque no tenía yo fiebre, no tenía dolor articular, el dolor de cabeza había disminuido, entonces me dijo ‘te la voy a hacer porque tienes este contacto con pacientes covid, pero no lo amerita’[…] me hablan por teléfono y me dicen el resultado es positivo y ahí es cuando se te cae el mundo”.

El cuadro que presentó Karla no fue grave, pero uno de sus mayores miedos como trabajadora de la salud en pandemia se había hecho realidad, lo que le hizo caer en cuenta de la paranoia que ella y otros compañeros en el hospital habían desarrollado a raíz de ver los efectos de la enfermedad de cerca.

El SARS-COV-2 fue un reto desde todos los frentes, pero en especial el aceptar la magnitud de esta crisis fue uno de los más grandes.

“Si nos preguntas a cualquiera que haya estudiado en el área de la salud si se imagina vivir una pandemia: no, ninguno de nosotros estaba preparado para esto. Y tampoco la sociedad, al principio se nos sacaba mucho de que ‘ay me los estas matando’, pero llevan a los pacientes ya tan complicados, o nos pasó que había pacientes que negaban sus síntomas para que no los metieran en el área covid por el miedo, porque pensaban que no saldrían de ahí”.

La paranoia y el miedo que había en el ambiente hospitalario tuvo como consecuencia algo que se ha visto en cada crisis o tragedia en la que el personal de salud está involucrado, pero esta vez no sólo con los pacientes, sino también entre los trabajadores y trabajadoras: la hermandad y la empatía.

Los más afectado por las pérdidas y contagios del propio personal médico fueron sus propios compañeros y compañeras, quienes —Karla piensa— tuvieron que enfrentarse a las dificultades más duras que era ver morir a aquellos y aquellas con los que solías compartir todos los días.

 O incluso si no se conocían del todo, el haber compartido espacio de trabajo era un motivo para estar de luto.

“Lo que más me dolió en ese momento fue escuchar las ambulancias cuando están despidiendo al compañero. Es tan horrible, sientes tan feo, es el nudo en la garganta y los cabellos erizados, porque sí los habías escuchado pues, pero digamos, muy esporádicamente”, narra.

La despedida a un integrante del llamado ejército blanco, consistía en hacer sonar las sirenas de ambulancias como un homenaje, al tiempo de vocear por los altavoces el nombre de la persona fallecida tres veces, respondiendo “presente” en cada una de ellas.

En cada uno de esos homenajes se reconocía la labor del fallecido o fallecida, además de darles de manera simbólica, un último adiós de su “segundo hogar”, describió, ya que prácticamente comparten un pedazo de sus vidas al pasar tanto tiempo y momentos en el hospital.

Además de reconocer que la mayoría de las y los fallecidos fueron en su mayoría pilares en sus respectivas familias.

“Sientes feo porque sabes que murió no nada más un compañero en el trabajo, no. Se murió un padre de familia, una madre de familia, un hermano, un amigo, un hijo, y son pilares, realmente nosotros manejamos que todos los que trabajamos ahí son pilares de una casa, entonces sabes que una familia quedó incompleta”.

La muerte, el miedo, el vivir y presenciar en carne propia los efectos más crudos o más silenciosos de la covid-19, llevaron al personal de salud a desarrollar más comprensión para con los suyos, además de dar contención emocional para aquellos que lo necesitaran.

“Aprendimos a ser empáticos porque no lo éramos, yo siento que no lo éramos tanto. Claro que siempre hemos estado en las desgracias, pero en este momento era de que si los compañeros enfermos necesitaban plaquetas o la compañera no tiene el dinero para el medicamento, era lo bonito porque era el poder unificarse”.

El saberse vulnerables de un día a otro no fue fácil, pero sacó el lado más humano del personal de salud, y les ayudó a saberse capaces de enfrentar retos en medio de la crisis.

En ese sentido, Karla al igual que la población en general está consciente del progreso que se ha tenido con la vacunación y la prevención en el país, pero se mantiene escéptica ante la pronta salida de la pandemia.

Ella cree que una vez que puedan enfrentarse al coronavirus tal como pasó en su momento con la Influenza, se podrá recuperar todo lo que la pandemia arrebató en abril de 2020.

“No puedo ser muy optimista para decir ‘lo bueno es que ya está pasando’, porque no está pasando, está disminuyendo. Porque realmente sí disminuyó un poco, pero la gente se sigue confiando, aunque estés vacunado no significa que eres inmune, sabes que en cualquier momento te puede volver a dar. La gente no quiere que se diga con tanta agresividad, pero a lo mejor por la experiencia que he tenido no puedo hablar así, como para decir algo gratificante”.

Ezra Martin Rzepka Romero, médico

Médico especialista en urgencias del Hospital de Traumatología y Ortopedia

doctor covid pandemia

Ezra Martin Rzepka Romero es médico especialista en urgencias y en la pandemia atendió la Unidad de Cuidados Intensivos de COVID del ISSTEP de Puebla hasta noviembre, y ahora trabaja en el Hospital de Traumatología y Ortopedia.

Ezra tiene 31 años y viene de un legado de doctores que, él cree fielmente, le heredó la vocación a la medicina, lo que es su segunda pasión después de los deportes de montaña y disfrutar los espacios al aire libre.

Para él, el inicio de la pandemia se pintó desde un ángulo en que su especialidad como urgenciólogo le brindó la determinación suficiente para enfrentarse al estrés constante y el desgaste emocional que los primeros meses de pandemia sugirieron para el personal médico poblano.

“Los primeros meses de pandemia recibíamos cinco o seis pacientes en un solo día para intubarlos, entonces sí daba una sensación como de que estuviéramos en una catástrofe, alguna guerra, algún desastre. Ya teníamos muchos pacientes, fue impresionante, era algo desconocido y había mucha incertidumbre todo el personal”.

 En marzo del 2020 el doctor Ezra había culminado su especialidad, por lo que sus primeros puestos laborales fueron en la primera línea de batalla contra COVID- 19.

A pesar de haber estado preparado profesional y emocionalmente para la crisis del momento, el poco personal, la falta de medicamentos y descansos comenzó a cobrar factura.

“Cuando empezaron a escasear los medicamentos y el material, como médico te sentías impotente, porque no podías ayudar al paciente… o sea, tenías los conocimientos para afrontar esta situación, pero pues no tenías las armas con las cuales ayudarles”.

Al menos los primeros seis meses de pandemia el actuar de la comunidad médica fue desorganizada y empírica, pues los pocos informes que se tenían al momento sugerían medicamentos que, ahora se sabe, agravan la condición del paciente a la larga.

Las cifras de mortalidad fueron los principales indicadores de la efectividad de estos cambios, que eventualmente y con la práctica, permitieron a Ezra y a su equipo médico ver una mejoría evidente.

“Se notó mucho, la estadística mejoró bastante. En los primeros meses se nos murió el 90 o 95 por ciento de los pacientes en la UCI, una vez que empezaron a salir las actualizaciones y los estudios más formales, bajó nuestra estadística hasta un 75%. O sea, de 95% de mortalidad bajó a 75% ya con estos nuevos algoritmos internacionales”.

En esta Unidad de Cuidados Intensivos, los doctores llegaban a recibir de entre 15 a 18 pacientes por jornada, cuando lo usual es atender a cuatro pacientes por médico, y dos pacientes por cada miembro del personal de enfermería. El doctor Ezra recuerda que tan sólo él y otro compañero de su equipo médico, llegaron a atender a poco más de 30 pacientes.

Las jornadas extenuantes se agravaban con la información, muchas veces errónea, que causaba pánico en el exterior. “Desde el inicio causaron un pánico colectivo que definitivamente no creo que haya ayudado a la sociedad a enfrentarnos al virus”, dice.

La aplicación de medidas de seguridad era importante, sí, pero para el doctor, muchas de estas llegaron al extremo de sólo causar pánico colectivo.

Aún con todos estos factores, reconoce que su mayor satisfacción estuvo en ver la mejoría de sus pacientes y sus compañeros a los que el estrés afectó en el proceso. Además de ver el evidente progreso en el manejo de la pandemia.

“Como médico lo más gratificante del mundo es cuando tu paciente sale. Por ejemplo, ahí en el UCI a un paciente me tocaba intubarlo, iniciar el tratamiento, programar el ventilador e ir viendo a lo largo de la guardia su mejoría y como iba evolucionando de manera favorable. Al final incluso pues te tocaba darlo de alta tú mismo y ver cómo se iban caminando. Para nosotros es lo más gratificante, para eso vivimos”.

Para Ezra, la clave para superar este tipo de crisis consiste en la mejora de nuestro estilo de vida y nuestra salud. Eso puede hacer la diferencia total en cómo nuestro cuerpo reacciona ante enfermedades tan contagiosas como el COVID-19.

“Hay que intentar mejorar como sociedad, como seres humanos, hay que cambiar nuestro estilo de vida. En México ocupamos uno de los primeros lugares en obesidad, y esto no nos beneficia nada para este tipo de cuestiones. Yo creo que sí deberíamos de mejorar tanto nuestro estilo de vida, hacer más ejercicio, comer más sano o dejar la comida chatarra, es muy importante”.

*Roberto, auxiliar de limpieza

Auxiliar de limpieza en el Instituto Mexicano del Seguro Social – Hospital de la Margarita

*Roberto tiene 41 años, es auxiliar de limpieza en el Hospital de La Margarita desde hace siete años. Es padre de familia, aficionado al deporte y un orgulloso de su labor.

Roberto recuerda el inicio de la pandemia con los rezagos que dejó el temblor del 19 de septiembre de 2017. La sobrepoblación y la ausencia de áreas acondicionadas para la atención e intervención de pacientes, ya prevalecía desde que se llevaron a cabo los movimientos de personal del monstruo de San Alejandro a la Margarita.

“Debido al temblor que afectó al hospital de San Alejandro, a los compañeros muchos de ellos los reubicaron aquí, en el hospital de la Margarita. Entonces ya teníamos sobrepoblación, ya estábamos saturados, y nosotros en departamentos no contábamos con las medidas para recibir la pandemia”, dice.

En su opinión, el acondicionamiento de áreas y repartición de equipo de protección fueron los principales problemas para el hospital.

A pesar de estos rezagos, la pandemia crecía exponencialmente sin darles tregua, por lo que la capacitación y el acondicionamiento de espacios tuvieron que darse progresivamente en medio de la crisis, que apenas daba cabida para atender a la gran cantidad de casos sospechosos que llegaban al hospital. La conmoción fue tal que el primer caso que se registró en el hospital lo recuerda con claridad.

“El primer caso yo recuerdo que fue en el tercer piso. Todos nos alarmamos, se corrió la voz y de entrada la verdad no sabíamos qué hacer. Posteriormente empezaron a llegar los equipos de protección, pero no sabíamos quiénes llegaban, vaya, contagiados o nos confundía, porque algunos llegaban este con neumonía, y otras personas llegaban con una simple gripa. En realidad, al principio no lo supimos manejar”.

Con capacitaciones vagas¸ como las describe, y constantes dudas que surgían entre sus compañeros, tuvo que enfrentarse a la escasez de equipos de protección, la ausencia de protocolos e información concisa, y ver a sus compañeros o seres cercanos caer ante la enfermedad.

“Ver a tanta gente muriendo y estar bajando cadáveres no fue nada, nada bonito. A lo mejor la gente cree que uno está acostumbrado, pero ver tantísima gente que se estaba muriendo, o incluso ver que también llegaban familiares, conocidos, amigos, y al otro día regresar a trabajar y que te digan que en la madrugada murió, creo que fue la parte con la que todos mis compañeros, me atrevo a decirlo, todos mis compañeros y un servidor no pudimos. No estuvo en nuestras manos, no sabíamos. Esa experiencia que vivimos no podría describirla, fue un dolor tan grande para todos”.

Roberto también fue una de las víctimas de esta enfermedad en dos ocasiones. Ambas las adjudicó a cosas distintas o él mismo testifica que no lo reconoció en su momento, pero no se trataba de la negación de su condición o del desconocimiento de esta, sino la confusión entre un universo basto de síntomas que sugerían cualquier cosa menos covid-19.

“La primera fue en mayo, y la verdad no me di cuenta de que lo tenía hasta mucho después. Yo empecé con casi con un mes malestares estomacales, dolores de cabeza tenía todos los días, pero yo pensaba que era por la falta de oxigenación, porque el cubrebocas no permite entrar por completo el aire. No pensé que era eso, incluso como pensé que era eso, a veces quería salir a arrancarme el cubrebocas para respirar”.

En diciembre fue la segunda vez que la enfermedad lo atacó. En esa segunda ocasión Roberto estuvo dos días en cama, y logró recuperarse gracias a la atención que recibió en el hospital, del constante ánimo que recibía de sus compañeros y compañeras.

Para Roberto, ver la valentía y labor de sus compañeras enfermeras todos los días en esa área, era lo que le daba más fuerzas para seguir con su trabajo en la pandemia y con la satisfacción de poder ver a pacientes y compañeros sanar, al igual que él.

“Cuando veía a las enfermeras, al principio veía su rostro y era triste y preocupante. Después una de ellas se me acercó y me decía ‘sabes que todo es por el paciente y vamos a echarle ganas’. Siempre se los dije, yo las admiro, son un gran ejemplo y por ellas no me tiro, porque ellas me están dando ese gran ejemplo de que uno tiene que continuar, que tiene que seguir adelante y las acciones que ellas hacían dentro y fuera del área, al menos a mí me dejaron ese ese buen sabor de boca”.

Para él los únicos y grandes protagonistas de esta pandemia fueron todos los que conforman el personal de salud en el país, que todos los días tuvieron que enfrentar los altibajos de la pandemia, y que encontraron en sí mismos y su equipo de trabajo la fuerza para hacer frente a la situación que repentinamente se les presentó.

Es por eso que él cree que se necesita más reconocimiento y aprecio para aquellos y aquellas que están en los hospitales. Ya que las largas jornadas llenas de adversidades, que cobraron la vida de miles de estos personajes principales, los llevaron a unificarse y reconocer la relevancia de su labor dentro y fuera de las crisis.

“Habló desde este lado de la moneda, sí necesitábamos más apoyo, más equipos, necesitamos más gente, pero a mí me queda ese gran sabor de boca de que los que estamos, de que los que nos quedamos, porque hubo mucha gente que también incluso renunció, nos pusimos bien la camiseta, amamos nuestro trabajo y pues seguimos adelante. Ahorita con una nueva perspectiva hacia el futuro, sé que vamos a mejorar nuestro país”.

*Los nombres de Karla y Roberto son ficticios, a petición de los entrevistados que pidieron mantener el anonimato el 5 de septiembre de 2021, meses después que se publicó su testimonio.

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