Capitalismo

capitalismo pablo arguelles

Es cierto, si tuviera el coche este momento no sería posible. Entonces me sentí vivo, completo, satisfecho con mi decisión de dejar ir mi coche japonés. 

PABLO ÍÑIGO ARGÜELLES | @Piaa11

Ninguno de los temas aquí tratados interesa a ningún filólogo.

“Por las minucias hablará mi espíritu”

Si usted busca respuestas a los síntomas sociales, alimentar su curiosidad con calumnias de moda, saciar su hambre de incidentes urbanos, documentarse sobre economía social, aquí no encontrará nada de eso. Acaso encontrará preguntas, algo de polvo de calle, malas críticas destructivas sobre cosas que detesto y cursilerías sobre cosas que amo. 

Pero nada más. 

Dicho todo lo anterior, me gustaría hablar sobre mi más reciente aportación al capitalismo rapaz: vendí mi coche.

Mi día había empezado bastante mal porque me vi en la necesidad de tomar un Andatti mal colado, con dejo de vainilla. ¿La razón? La máquina de la cafetería a la que siempre voy se había atascado y el encargado, un estudiante de filosofía bastante corto que me dice ‘señor’ cada que le pido algo, decidió cerrar la cortina del local para que nadie viera que estaba intentando arreglar la cafetera de una forma muy poco ortodoxa.

(Si los filósofos se dedicaran a componer cafeteras, tomaríamos solo mate).

Al parecer nunca consiguió arreglarla porque, hasta el cierre de esta edición, la cortina del café seguía cerrada.

Pobre cafetera.

Pobre filósofo.

Pero miren ustedes cómo es que la vida tiene de verdad caminos misteriosos, pues como dicen, “dios ahorca, pero no mata”: tan pronto terminé mi Andatti con reminiscencias de saborizante, dentro de mi bolsa, mi celular empezó a vibrar. 

¡Oh!, el centro de Puebla. 

¡Oh, nuestras calles!

Justo cuando contesté, un camión de gas pasó dando un concierto frente a mí. 

Esperé a que pasara y entonces reestablecí la comunicación.

Era uno de los posibles compradores a quien la semana pasada había ido a enseñar mi coche. 

—¿Lo sigues vendiendo? 

—Sí. 

—Ya es mío.

Y así fue. 

Lejos quedó el coyote con cangurera al pecho que me ofrecía un buen pago, pero en efectivo, con la promesa de que me dejaría “checarle con plumón que todos los billetes fueran buenos”. Atrás quedó la posibilidad de ser parte de las estadísticas de estafa automotriz o de que mi coche, nada ostentoso, humilde, que vio pasar mis veintes, inspiró un montón de cuentos y llegó a la cima de la luna, acabara en el aparador melancólico de un lote de seminuevos, bajo la lluvia de junio.

Entonces mi día de café malo ya no iba tan mal: 

Compré un contrato de compraventa en la papelería más cercana, ¿con diseño o sin diseño?, preguntó el dependiente, como sea, le contesté. Con diseño, mejor, pensando que quizá se refería a un formato más serio, impreso en hojas entintadas, foliadas o con filo de oro. Ese le cuesta cinco pesos más. No importa, le contesté, sabiéndome millonario por un día. 

Cuando le di los diez pesos, él me entregó una fotocopia de contrato, cuya diferencia con el normal, era un Ferrari ochentero que ocupaba casi toda el área de la hoja en marca de agua. 

(Los detalles cuestan)

Después, todo fue muy rápido. 

No habían pasado ni tres horas desde la llamada y yo ya era un poblano más a pie.

No es queja. 

Lo malo vino después, cuando me pegó el capitalismo: 

Iba camino a casa y de pronto todo lo que viví en el coche vino como ráfaga. Maldita sea, ¿por qué quiero llorar? Es solo un Honda. El capitalismo. Es el capitalismo. ¿O de dónde vienen estas lágrimas sino de Marx, juzgándome desde el panteón de la historia universal?: 

La imagen de Joseph, mi sobrino de cuatro años, cerrando los ojos con María en la cajuela mientras yo al volante daba vueltas eternas en un terreno baldío y cholulteca.

¡Joseph, cierra los ojos!, ¡Vamos a la luna!

Y él preguntando: ¿María, de verdad estamos volando?

Y yo, subiendo todo el volumen de “8 horas seguidas de música para Ciencia Ficción” en YouTube. 

Luego otra ráfaga.

María y yo, como dentro de un cuento de Salvador Elizondo, a la orilla de una laguna haciendo una fogata, el coche detrás nuestro.

Mi primer choque. 

El segundo. 

La cajuela llena de tripiés y basura de Kodak. 

Es el capitalismo, Pablo, no llores. 

***

Hoy caminé al trabajo, hacía mucho que no lo hacía. 

Fui temprano al centro, tiré dos rollos y vi la danza majestuosa de los voceadores tempraneros, surtiéndose de prensa, gritándose leperadas entre sí. Me senté en los escalones de la catedral por un momento para admirar la escena. Es cierto, si tuviera el coche, este momento no sería posible. Entonces me sentí vivo, completo, satisfecho con mi decisión de dejar ir mi coche japonés. 

Llegué al café de siempre por otra calle, la cafetera ya servía. 

No sabía a vainilla, todo estaba bien. 

Me senté, abrí mi computadora, abrí Word. 

“Capitalismo”, escribí. 

Los materiales publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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