Jamal Nuguro y la Tiranía de Ikea

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Diseño: María Prieto

Solo somos un punto insignificante que nace, crece, va a Ikea a comprar muebles y luego se sienta pacientemente a esperar la muerte.

PABLO ÍÑIGO ARGÜELLES | @Piaa11

En mi vida pasada yo fui Jamal Nuguro, hombre ghanés de 40 años que vino a Nueva York a principios de la década pasada a probar suerte con el sueño americano. 

Gracias al puñado de mensajes que llegan a mi nuevo número de celular todos los días, la mayoría de ellos saludándome cordialmente, “Hey Jamal, how it’s been going”, sé que a mi yo del pasado le gustaba solicitar créditos para negocios que nunca resultaron a compañías de reputación dudosa, que pidió la asesoría financiera de una mujer llamada Marciana (y que por el tono en el que escribe se sabe que la dejó plantada más de una vez), que aplicó para ser chofer o repartidor de Uber (y que lo rechazaron), y que recientemente intentó entrar a su cuenta de Netflix: el domingo pasado, a eso de las siete de la tarde, recibí los seis dígitos que lo identificaban como el propietario de su membresía.

Casi pude conectarme totalmente con el sentimiento de frustración de Jamal, que, ante la muerte lenta de la tarde, decidió navegar Netflix para combatir la pesadez inevitable de la que somos presa los domingos, y que al no recordar su contraseña y solicitar el número de autenticación en dos pasos, recordó que un buen día decidió deshacerse de su número telefónico ante la lluvia incesante de mensajes que le recordaban el estado fallido del sueño que vino a perseguir. 

Por un momento, yo y Jamal, mi yo del pasado, estuvimos conectados al instante por las microondas que rebotan desde las antenas de Manhattan hasta el espacio y de regreso: él ante su Netflix en algún rincón de Jamaica, Queens; yo ante una pared blanca y vacía que se derretía al calor de uno de los últimos soles de agosto, en el Lower East Side.

 Mi yo del pasado no está muerto sino ahí, en algún lugar de Queens. Mañana quizá me lo encuentre en el metro y choquemos, sin saber que es él, que yo soy yo y que nuestro pasado y presente se unen por una combinación aleatoria de números dentro de un sistema de fronteras imaginarias, que delimitan la zona física (pero también imaginaria) en que nuestras existencias desgraciadas y perecederas (a veces tan solo iluminadas por un destello pasajero), mueren igual que como mueren los soles:  detrás de las paredes, lentamente.

***

Ay, la vida. 

Solo somos un punto insignificante que nace, crece, va a Ikea a comprar muebles y luego se sienta pacientemente a esperar la muerte.

Yo siempre he estado seguro de que en las ciudades, más que en otras de las demarcaciones imaginarias de este planeta, uno está a merced de diferentes tiranías. Cuando decidimos venir a Nueva York, M. y yo, lo hicimos muy conscientes de que una de esas tiranías a las que nos enfrentaríamos sería la del sistema inmobiliario, y qué bueno que nos preparamos, pues así el golpe de la realidad no fue mortal cuando nos vimos a punto de vivir ilegalmente en un túnel del metro, ante la innecesaria e incomprensible burocracia de los brokers.

Pero la tiranía para la que nunca estuvimos preparados fue la de Ikea, esa mueblería inconmensurable que es el sueño de la clase media mundial, de la cual orgullosamente formamos parte. 

El primer día que nos mudamos a nuestro nuevo estudio, corrimos a comprar una cama a la que creíamos era la opción más barata, viable y obvia. Después de un recorrido agotador e infinito, decidimos que la que más nos convenía era Brimnes, una bonita base color blanco con amplios cajones para disimular el desorden que generalmente se tiene en los departamentos neoyorquinos ante la falta de closets y alacenas. 

Para cuando llegamos de vuelta al estudio y nos pusimos el lápiz en la oreja para empezar a armarla (lo cual nos llevaría toda una tarde), nos dimos cuenta de que una de las piezas fundamentales para el uso de nuestra nueva base, Luroy, (que es la base de madera que evita que el colchón se vaya al fondo del piso) la habíamos comprado incorrectamente. 

Hubo frustración, enojo, quizá, pero nada que un nuevo viaje a la tienda (el cual se conforma por 40 minutos de viaje y cambio en dos estaciones) no arreglara: el moderno y sueco sistema de Ikea hace que esos errores sean fáciles de corregir, su servicio al cliente es, por lo general, de lo más eficiente: 

¿Qué era una noche más de dormir en el piso? 

Al día siguiente, lunes, iríamos a primera hora a hacer el cambio y regresaríamos felizmente a armar el resto de las piezas para, ahora sí, poder dormir y sentirnos de a poco en nuestro nuevo hogar. 

Al otro día, hecho lo decidido, llegamos a Ikea en Brooklyn solo para encontrarnos con la mala noticia de que Luroy, la pieza que necesitábamos se encontraba fuera de inventario y que sólo quedaba una sola pieza en toda la zona tri estatal, en Paramus, Nueva Jersey. 

Ahí fuimos.  

Tomamos el autobús en la estación de Port Authority, un edificio que a juzgar por sus acabados tuvo su última gloria en 1984 y que está en el centro del centro, en donde Manhattan sigue siendo capital del crack y el origen de la falla del capitalismo. Viajamos durante una hora a la que, a nuestra llegada, parecía el primer territorio arrasado por el apocalipsis zombi: éramos María, Luroy y yo, ante un estacionamiento inmenso y vacío sobre cuyo horizonte se dejaba ver un Ikea totalmente idéntico al que habíamos visto hace unas horas. 

Mostrador de Atención al Cliente, Ikea, Paramus, NJ:

“No”. La respuesta fue no. 

“Cómo que no”, preguntamos.

“Pues no, no hay Luroy. Se incendiaron todos”.

El tono antillano de nuestro interlocutor le agregaba desgracia a la desgracia.

“¿Como que se incendiaron todos?”, preguntamos. 

Pues sí: una de las bodegas de Ikea se había incendiado hacía unas semanas en Staten Island y dentro de ella habitaban las únicas 54 piezas de Luroy, que Njördr, el dios escandinavo de los mares había enviado a este lado del mundo para regocijo de los mortales.

Ikea solo hace muebles para sus muebles, piezas para sus piezas, tuercas para sus tuercas, camas para sus camas. 

Regresamos por el mismo camino por el que venimos, sólo que sin esperanzas, sin Luroy y abatidos por la tiranía de Ikea. 

Es hasta este día que seguimos durmiendo con el colchón en el piso, al lado de una bella y blanquísima base de cama que va muy bien con la decoración de nuestro estudio, esperando a que los dioses escandinavos determinen cuándo será la fecha en que habrá más Luroys al alcance del hombre común. 

Por el momento, aquí seguimos. 

Saludos desde Nueva York. 

Los materiales publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí

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