Tres reflexiones sobre lo qué pasó y lo que viene

Por Abayubá Duché / @AbayubaDuche

Se acabó la campaña más seguida en la historia de México y con los resultados ya conocidos me surgen tres reflexiones sobre lo sucedido y sobre lo que puede suceder. Primero la sorprendente civilidad electoral que experimentó el país (con las decepcionantes excepciones de Puebla y Yucatán). Segundo, el mensaje de reconciliación nacional. Y tercero, el rol de los perdedores en los siguientes tres años.

El domingo, apenas pasadas las 20:00 horas, las y los mexicanos vimos a todos los candidatos presidenciales derrotados aceptar la realidad que colocaba al fundador de MORENA como el ganador de la elección presidencial. Esto podrá parecer obvio, es el juego de la democracia y con más de 30 puntos de diferencia entre el primero y el segundo no parecía haber muchas opciones más, pero cabe resaltar que dos generaciones no habían experimentado un suceso en el que todos los contendientes aceptaran el resultado final. Y más allá de la altura con la que se comportaron Anaya, Meade y el Bronco, el reconocimiento de estos a quién encabezará el Estado mexicano desde el 1 de diciembre, obliga a que en las siguientes elecciones el presidente acepte los resultados que se den.

Por supuesto no podemos dejar pasar por alto que Puebla rompió la civilidad electoral, inusual en el país. Entre robo de urnas, amenazas y asesinatos, la élite poblana, asociada con el exgobernador Rafael Moreno Valle, mostró estar dispuesta a defender sus posiciones a costa de cualquier cosa. No sabemos si López Obrador pondrá especial atención en la lucha de algunos para que la elección por la gubernatura poblana se repita, o si olvidará los incidentes y se enfocará en sus victorias en Veracruz, Tabasco, CDMX, Chiapas, Morelos, en 20 congresos locales, en la cámara de diputados y en el senado. Quizá le tocará a los liderazgos locales de MORENA y a la sociedad civil exigir  el cumplimiento de la ley.

Un presidente para todos

A pocos días de la conclusión de la elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) mostró su capacidad para adaptarse al momentum político. Así como hace doce años, López Obrador optó por desacreditar una elección por demás cerrada que le permitiera sobrevivir como la oposición legítima durante dos sexenios, ahora optó por llamar a la reconciliación política ofreciendo apoyo al presidente Peña Nieto y extendiendo su mano a expresidentes, opositores políticos y personajes tradicionalmente adversos a él.

En definitiva sacarle 30 puntos de diferencia a su más cercano competidor cierra de tajo la posibilidad de que alguien cuestione la victoria de AMLO, pero contrario a lo que muchos auguraban, el próximo presidente asumió con sobriedad su victoria, la más holgada en la historia moderna del país. Sin triunfalismos, el abanderado de MORENA solicitó la confianza por parte de la iniciativa privada, la reconciliación de grupos sociales y la responsabilidad de quienes se sienten ganadores. Andrés Manuel  pronunció un discurso que le hiciera ver como el presidente de todas y todos los mexicanos, de quienes le votaron y de quienes lo denostaron, de quienes lo han seguido por décadas y de quienes desconfían de su proyecto, de quienes concentran el capital y de quienes han sido olvidados, de los mayores y de los jóvenes. AMLO sabe que tiene mucho a favor para iniciar su sexenio con una cuota política poco pensada hace año y medio atrás.

Reflexión para la oposición

Es normal que el interés se centre en el ganador de la contienda, pero sería un error no invertir tiempo en reflexionar sobre el enorme reto de la nueva oposición mexicana. Principalmente el PAN y el PRI tendrán mucho que reflexionar los siguientes meses. Ricardo Anaya, el flamante político que logró escalar meteóricamente en la pirámide del poder, terminó entregando los peores resultados del blanquiazul en todo el siglo XXI. Con menos votos que Josefina Vázquez Mota hace seis años y con pocas posiciones en el congreso, el chico maravilla deberá replantear su futuro profundamente si es que pretende seguir como protagonista en el mundo político. Algunos aseguran que intentará encabezar la oposición, aunque con la cantidad de cadáveres que dejó en el camino no se antoja fácil su éxito post-electoral.

Por su parte el PRI, el partido más viejo, el que se jactaba de saber gobernar, quedó humillado. Obtuvo el peor resultado en toda su historia. Parece ser el mejor escenario para que las viejas élites tricolores, ajenas a EPN, recuperen el control de lo que queda del partido. Pero más allá de quiénes encabecen la reconstrucción de las fuerzas tradicionales, quienes sea que se erijan como líderes de la oposición, tendrán que repensar muy bien las ideologías y la política que están dispuestos a ejercer para reaparecer en el mapa electoral y, por tanto, político.

Tendrán tres años para articular proyectos honestos, creíbles, integrales y responsables para volver a ser una opción sería frente a la cuidadanía. Tendrán tres años para matar sus fobias y entender, como en su momento lo hizo AMLO, el momento del país.

Se inaugura una nueva etapa en la vida del país. Ojalá esta vez, los resultados sean suficiente razón para modificar el actuar de los partidos y de sus integrantes.

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