Hemos perdido aun este crepúsculo

Por Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11

Las muertes nos llevan a otros páramos y casi siempre resultan ser afortunados. Antes de saber de la muerte de Aretha Franklin el jueves pasado, había estado escribiendo algo diferente a lo que finalmente publiqué. Su partida me trajo de vuelta cosas archivadas, cosas que uno guarda para luego, cosas cuyo fin uno ignora al momento y ese día, el día de su muerte, esas cosas me llevaron al encuentro de la siempre temida página en blanco.

Hace poco, platicando con Charly (el editor en jefe de este sitio), concluí que mi silencio se debía a no saber a quién le hablaba, a sentir que mis palabras no le servían a nadie. ‘No sé para quién escribo’, le dije. El jueves pasado yo solo quería decirle adiós a Aretha, devolver algo de lo que ella nos dejó con su música, corresponder su voz. Lo hice sabiendo lo más obvio, que nunca lo leería, ni aunque estuviera viva. Pero tal vez el sentido de escribir, relatar o denunciar recaiga en el hecho irrefutable de saber de antemano que nunca nadie te hará caso. Nunca nadie te leerá.

De ahí se parte.

Lo que escribía hace una semana se situaba en Nueva York y acontecía el último día de aquel viaje que empecé a relatar en mi artículo pasado, ese en el que M y yo nos vimos envueltos en una expedición conformada por un grupo heterogéneo de universitarios y, en el cual, visitamos innumerables lugares con fines académicos y técnicos, salvo, tal vez, el Consulado Mexicano, que involuntariamente se convirtió en una conferencia de prensa. No me mal entiendan. El Cónsul fue muy buena gente y todo, pero políticos son políticos. Un abismo les separa del resto. Estadísticas, formalidad, trajes feos, una sala de juntas, dos banderas y una mesa gigante con una asistente y una grabadora.

Pero la visita que M y yo más esperábamos era la última, la del último viernes, pues teníamos programado un encuentro en las oficinas de la revista Time con uno de sus editores. La cita era a las 11:00 a.m. En punto. Verán, los viajes son la sucesión de esperas. Unas temidas -como el regreso- unas más grandes y otras pequeñitas. Unas buenas y otras no tanto. Para nosotros esta era una espera inmensa.

Eran las 10:40 de la mañana, no había una nube en el cielo, era el primer día que no hacía frío y la mitad de nuestra expedición dejó saber -vía el grupo de Whatsapp- que les iba a ser imposible llegar. Aquí entre nos, lo que realmente pasó es que pensaron que una visita a la redacción de la revista Time, no les iba a servir de nada y que era mejor, tal vez, ir de compras  a una tienda de retail. Los que se arrepintieron a media huida llegaron tarde a la cita igual que peregrinos a la Villa, so pretexto de que el metro ‘se había venido por otro lado’ (sic).

En fin, los que fuimos (cinco), fuimos felices. Las oficinas de Time están en un edificio ‘chaparrito’ ubicado en el 200 de Liberty Street y cuyas ventanas y estructura sufrieron bastante con el derrumbe de las Torres Gemelas. Hoy, este edificio que junto a otros conforma el World Financial Center, es un lugar renovado y súper moderno, que se ha adaptado a las nuevas tendencias laborales. Cada una de las revistas editadas por Time, como People, Hello! Y People en Español, ocupan un piso diferente y todos están conectados por escaleras abiertas, como si fuera una especie de loft gigante. El sueño de todo co-worker-millennial.

Dentro de sus hermosas oficinas, pudimos ver la forma en la que funciona un medio impreso en la era digital y cómo interactúan sus creadores entre sí. Vimos un adelanto de la próxima edición y cómo hacían una sesión de fotos. Al terminar la visita, M y yo huimos, sin dejar de estar impresionados del lugar que acabábamos de ver.

Pero antes de emprender la caminata a lo que sería nuestro último viernes en Nueva York, necesitábamos un baño. Típico. Por alguna razón, las explicaciones del editor digital de la revista, un catalán con acento neoyorquino, me hizo pensar en agua, y más agua. No sé por qué. Así fue como llegamos a los baños del sótano del Winter Garden, un centro comercial echo con bóvedas de cristal (que también acabó destruido por los escombros de las Torres Gemelas) y que hace las veces de vestíbulo para los edificios que conforman el Financial Center.

Siempre me han puesto nervioso los sótanos. Pero más ese. Saber que a tan solo unos metros de ahí, miles de cuerpos quedaron sepultados bajo toneladas de acero, me daba escalofríos. Una atmósfera muy extraña ronda en el subsuelo, por eso me dieron unas ganas inmensas de largarme de ahí.

Pero antes de salir, cuando me estaba lavando las manos, encontré una libreta. Una de las miles de personas que pasan por ahí la había dejado. Soy curioso, más cuando se trata de libretas y cosas perdidas. La abrí. En ella había un montón de notas en español e inglés. Frases, listas de compras, breviarios de juntas y notas de trabajo. También había algo que se repetía más de veinte veces. Lo observé bien. Era un poema:

Hemos perdido aun este crepúsculo.

Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas

mientras la noche azul caía sobre el mundo.

He visto desde mi ventana

la fiesta del poniente en los cerros lejanos.

 

A veces como una moneda

se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

 

Yo te recordaba con el alma apretada

de esa tristeza que tú me conoces.

 

Entonces, dónde estabas?

Entre qué gentes?

Diciendo qué palabras?

¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe

cuando me siento triste, y te siento lejana?

 

Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,

y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

 

Siempre, siempre te alejas en las tardes

hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.

El poema era “Hemos perdido aun este crepúsculo” , escrito por Pablo Neruda. El poema número 10 de sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” y me pareció que el dueño de esa libreta había estado intentando escribirlo de memoria. Se notaba, porque cada vez que lo repetía, cambiaba palabras y con cada intento parecía ser más impreciso.

Una de las copias estaba completamente tachada. En otras improvisaba con sus versos. No vino a mi mente el aspecto que el dueño de la libreta debía tener, más bien pensé en Pablo Neruda, en Neftalí Reyes. Pensé en él, en que tal vez era su libreta y alguna grieta mal puesta en el tiempo me había permitido encontrarla en el lugar más improbable del mundo: en un sótano en Manhattan.

La vi por algunos minutos, tentado a guardarla en mi mochila y quedármela para siempre como una de esas reliquias que uno guarda porque sí. Pero parecía muy importante para su dueño. Tal vez la repetición del poema fue producto de las juntas aburridísimas que a nuestro Pablo Neruda le exigía el trabajo. Sentí mucha pena por él y me imaginé a mí mismo echando en falta mi libreta, que no tiene nada, pero a la vez lo tiene todo.

Entonces cuando salí del baño con la libreta en mano, M, quien ya se había preguntado si no estaría yo en el Río Hudson, la vio. Decidimos entregarla a un guardia de seguridad, quien nos vio con ojos desinteresados: “Nadie busca una libreta”, nos dijo, como si tuviera mil cosas mejores que hacer. Y sí, al parecer las tenía. Entonces le inventé que contenía escritas cosas importantes en español y que era seguro que preguntarían por ella.

Cuando salimos a la calle y el sol nos iluminó la cara, vimos la imponente y horrenda Freedom Tower y a sus pies, una edificación blanca, muy blanca, diseñada por Santiago Calatrava. Yo seguía pensando en el poema de Neruda:

Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,

y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

Esos versos, sobre el libro y los pies, los del alma apretada, la gente que caminaba muy aprisa. Me intrigaba el encuentro con esos apuntes. Aunque seguramente, como todo, no significaría absolutamente nada. Cuando doblamos la esquina, vimos, al fondo de la calle, una estatua diminuta y verde, luego caí en cuenta que era la Estatua de la Libertad, que entre rascacielos pierde contexto.

Nos alejamos entonces, M y yo, hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.

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