En defensa del Parque Juárez: Hay que decirlo, no es perfecto. Está lejísimos de ser un parque de postal, mucho menos un modelo exportable o vendible. Pero aún conserva y representa algo que Puebla ha ido perdiendo en las últimas décadas tras la urbanización desmedida y la mala planeación.
PABLO ÍÑIGO ARGÜELLES | @Piaa11
El Parque Juárez está en peligro. Una de sus secciones ha sido designada para construir una de las estaciones del Cablebús, proyecto promovido por el Gobierno del Estado de Puebla, sin que exista —o se haya publicado aún— un estudio formal que transparente lo básico: cuántos árboles se talarán, cuál es la superficie afectada, qué alternativas se evaluaron y con qué criterios se tomó la decisión. Es, una vez más, la opacidad como firma de gobierno, sin importar su afiliación.
La falta de transparencia delata también otra cosa: la adicción de quienes gobiernan a los proyectos megalómanos, a las obras impuestas y mal planeadas, presentadas bajo el empaque del “progreso”; esa rancia medicina que, ya lo sabemos, casi siempre llega en forma de concreto hidráulico, falsa modernidad, corrupción y opacidad, y que se receta como si fuera un método eficaz para mejorar mágicamente la vida de las ciudades.

Vamos a ver: el área donde se pretende instalar el paradero no es un llano. Es una zona viva, repleta de árboles, usada todos los días por vecinos y transeúntes que conviven, se enamoran, juegan básquetbol, trotan, ruedan en patineta y se olvidan —por un rato— del ajetreo de la ciudad que los rodea.
Esto no es un “no” a mejorar la movilidad que a Puebla le urge desde hace décadas. Es un “no” a la incompetencia, a la falta de planeación y a la ligereza con la que se toman decisiones que afectan a barrios enteros. Es un “no” a la opacidad como método. Es un “no” a gobernar a capricho mientras otros proyectos quedan a medias, como RUTA (quizá porque no llevan la firma de quienes hoy viven en Casa Puebla), o como la regularización y dignificación del transporte público, insignia histórica de la incompetencia y la corrupción.
No es un secreto que, desde hace años, Puebla es gobernada desde el cielo. Se ha vuelto costumbre que los gobernadores prefieran el helicóptero como medio de transporte, incluso para cubrir las distancias más ridículas. Desde ahí es dificilísimo escuchar el ritmo de la calle, pero muy fácil tentarse a ver la ciudad como un tablero unidimensional en el que se trazan fantasías.
Hay que decirlo: el Parque Juárez no es perfecto. Está lejísimos de ser un parque de postal, mucho menos un modelo exportable o vendible. Pero aún conserva y representa algo que Puebla ha ido perdiendo en las últimas décadas tras la urbanización desmedida y la mala planeación: árboles, parques, áreas verdes.
El Parque Juárez es el único espacio público rescatable que queda para colonias como Huexotitla, El Carmen, Las Palmas, Ladrillera de Benítez, Chulavista, Gabriel Pastor y San Baltazar Campeche. Ha resistido remodelaciones igualmente opacas, la modernización de la zona y el pésimo —o nulo— mantenimiento que le han dado administraciones pasadas. Tocar ahora este parque es, me temo, el inicio de su futura amputación y, con ello, la aniquilación de espacios similares en otras colonias de Puebla.
El Parque Juárez es el parque de mi infancia, una fuente infinita de historias y mitos personales. Para quienes lo han frecuentado desde su inauguración en 1979, esas historias existen porque el parque es un lugar donde la ciudad todavía se permite imaginar. Una ciudad sin espacios así se vuelve más pobre, no solo ambientalmente, también en lo simbólico: sus habitantes se recluyen, se aíslan, se fragmentan; se quedan sin espacios para hacer lo único que nos queda en una ciudad cada vez más asfixiante, peligrosa y gris.

Si existiera un estudio serio, dudo que el área elegida para la estación fuera precisamente esa parte del Parque Juárez. Con un análisis real se explorarían alternativas obvias: edificios en abandono alrededor, espacios degradados donde una intervención tendría sentido urbano, en lugar de castigo ambiental.
¿Qué podemos esperar de una ciudad que desprecia los pocos espacios verdes que le quedan y que, además, no impulsa la creación de nuevos? ¿Qué podemos esperar de una ciudad que tala árboles con la promesa —casi siempre abstracta— de plantar “miles” a cambio de uno solo?
Puebla, sin duda, es cada día más víctima de los eslóganes de sus gobiernos: una ciudad que solo piensa en grande y se considera imparable difícilmente puede considerar a un parque como algo esencial.
Ningún proyecto, por bueno que sea, debe justificar la opacidad, la improvisación ni el sacrificio de un pulmón urbano. Si el gobierno quiere progreso, que empiece por lo mínimo: transparencia total, evidencia pública, alternativas claras y participación vecinal real.
Conectar tres puntos en un mapa es facilísimo; presentar un render también. Basta una maqueta, una presentación más o menos bien hecha y un discurso soporífero para vender un proyecto como este.
Esta vez no hemos tenido ni siquiera eso.
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